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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando el corazón siente, las palabras brotan por los ojos, se sostiene la mirada, se responde sin titubear. Percibí esta imagen, con una nitidez tremenda, en la intervención de Nicolás Maduro luego de votar este 14 de abril, un domingo de 2013 que llenará de todos los modos posibles la futura historia de América Latina.

Es hermoso, para cualquier ser humano con decoro, ver cómo un pueblo hermano se agiganta, aún cuando todavía, al filo de las cuatro de la tarde en Cuba, son filas y filas las que llegan a los colegios electorales a ejercer su derecho constitucional. Gracias a la televisora TeleSur llegan los detalles allende la Patria de Bolívar y Chávez. Nadie podrá inventar esta vez una escenografía distinta.

Allí en el Cuartel de la Montaña se esperarán los resultados. No creo me gane la posible subjetividad de un respeto y una admiración profunda, cuando arriesgo mi pronóstico hacia una victoria cierta: los sueños de Hugo, el mañana de los venezolanos, el futuro de los millones que vivimos en este enorme y valeroso continente, los que nos enorgullecemos de ser latinoamericanos, bolivarianos, martianos, hijos, en fin, de la Patria Grande, la bella y gigante América Latina.

Los hechos están aquí. Las elecciones en Venezuela transcurren de manera organizada, con la convicción de que en las urnas se define el día después de la nación, vestida de fuerza y proyectos para continuar la obra inmortal del socialismo de Chávez. El reloj camina hacia las últimas horas de este proceso democrático y referencial para el mundo entero.

Venezuela espera con fe los números finales. Allá, con ellos, nos fuimos y estamos los que quieren a estas tierras con mañanas y sol. Un sol que ya es hora de que salga para todos. Este domingo 14 de abril debe ser la primera clarinada hacia ese infinito, donde la tarde trae un halo la certeza… seguimos en el amplio sendero de la revolución enorme, la del Siglo XXI.