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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Por estos días no se siente bien. Su salud recibió, quizás, la primera estocada de los 82 años, pero su voluntad es más férrea que cualquier imprevisto y, entonces, el espíritu que le hizo siempre saltar los muros de cualquier impotencia o batalla está ahí, aferrado a seguir con el sol de abril y ese Girón cotidiano que, con igual firmeza, impulsa a Cuba a transformar la sociedad y el socialismo.

Abril es un mes de intensos recuerdos para él y para cientos de cubanas y cubanos. La invasión mercenaria  del día 17 de 1961 jamás se borrará del corazón agitado de una generación de milicianos decididos, fusil al hombro, a preservar el triunfo del primero de enero junto a su líder, Fidel Castro Ruz.

En menos de 72 horas derrotaron a las tropas financiadas por la Agencia Central de Inteligencia Americana (CIA) que desembarcaron por Playa Girón, en Matanzas.  Desde el 15, preludio del ataque mercenario, aviones B-26 engañosamente “disfrazados” con matrícula de la Fuerza Aérea Cubana, sembraron la muerte por los alrededores de la Bahía de Cochinos y la Ciénaga de Zapata.

Toda la Isla empieza a enardecer. En su lejano Holguín, José Manuel Caraballo, como miles de militantes del Partido y el pueblo, se movilizan para salvaguardar los bienes que les pertenecen. El 16 de abril nació el Día del Miliciano, un mar verde olivo que avaló la consigna de Patria o Muerte.

En los albores del amanecer siguiente el desembarco de unos mil 500 mercenarios, agrupados en la brigada 2506,  con el apoyo bélico de los Estados Unidos, inició el combate y fueron derrotados tras 66 horas de encarnizados enfrentamientos. La histórica Victoria de Playa Girón era un hecho.

Caraballo todavía siente la añoranza de estar allí, dando el frente en la batalla. Pero su misión revolucionaria era otra: “Me llamaron para cuidar la producción en los centros de trabajo en mi natal Holguín. Esa fue mi misión y mi tarea, y la cumplí. Lo mismo hice cuando la crisis de octubre, responder a la orden de la Revolución”.

Y acaricia su boina de miliciano sobre las rodillas, con la misma ternura que crió a sus tres hijos junto a Cira Hidalgo, otra miliciana que le esperó en las largas noches cuando el deber le puso como lecho las inquietas sombras de un cañaveral. O, como ahora, que le cuida y busca el periódico Granma para que se sienta cerca de lo que ama: su Patria y estos abriles que les nacen nuevos, en caminos que cambian para bien y siguen aquel mismo precepto de Girón: con los humildes y para los humildes.