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Por Graciela Guerrero Garay

Siento, una vez más, el palpitar de América. La nuestra, la de los latinoamericanos. La de los pueblos que han dicho “Basta” y echaron a andar. No sobre la tumba de sus muertos ni sus principios, sino con la alborada que promueve el cambio desde adentro, poco  a poco, mirando la luz en la oscuridad porque, sin dudas, existe ahí. Ilumina. Transforma.

Es hermoso saber que el pueblo ecuatoriano supo distinguir, con transparencia,  dónde está el futuro y llevó su voto de confianza a las urnas. Rafael Correa ganó la batalla, con todos y para el bien de todos, con la mayoría, con la voz del pueblo.

No se trata de izquierdas ni derechas. Se trata de mirar la tierra y sentir cuando llama a su gente a luchar por ella, por los que son más y suman. No por los menos, que contaminan y mienten, que prometen y no cumplen.

La alegría de Ecuador vale y pesa. Y cuenta allí donde el pan se hará libros y sonrisas. Donde el indio es igual al blanco, al pardo, a la selva y al asfalto.  Camino por trillar habrá siempre, como la misma dialéctica de la vida y la materia. Nadie puede hacer una obra perfecta y mucho menos, pura. Creo negaría el avance y el mañana.

Venezuela es la estrella y está ahí, firme, con Chávez en el corazón y la esperanza. Correa vuelve a dar una lección de fe y amor, ante esa multitud enorme que ilustra que “nuestro norte es el sur”.

Para los que saben escuchar el grito milenario de los Andes hasta la Patagonia, queda mejor, que cualquier cotejo de letras y consignas, decirle a Ecuador y a los ecuatorianos “Gracias por el fuego”, con todo ese sentido poético y viril que dejó el poeta Mario Benedetti para que hoy, mañana y siempre un humilde hombre o mujer, un niño que respire, sienta, para todos los tiempos, el palpitar de América.