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Por Graciela Guerrero Garay

Por encima de golpes de efecto, la certeza de que para 2050 dejará de existir más del 20 por ciento de plantas del Mediterráneo, sigue hoy con sus sensores de alerta bien activos por las implicaciones que tiene la deforestación en los países en vías de desarrollo y la urbanización, en los desarrollados, hecho de profundos análisis en un informe  de la Organización de Naciones Unidas (ONU) sobre  la biodiversidad, presentado en el 2008.

Tal como lo clasifica el texto, estas causales y las invasiones biológicas son las amenazas más agudas y pueden provocar la extinción masiva de la flora y la fauna en los bosques tropicales y templados, en un proceso irreversible donde entre el 12 y 15 por ciento de las plantas del planeta desaparecerá, mientras una de cada cuatro especies del Mediterráneo fenecerá para el 2050.

Los ecosistemas de esta última área se consideran “especialmente vulnerables”, por la añadidura de factores como cambios de uso del suelo, la invasión de especies exóticas y el clima, problemas no asumidos aún con la magnitud que encierran de manera global y sobre los cuales el hombre, los gobiernos y las políticas trazadas tampoco valoran en la medida exacta, pues menos de la cuarta parte de las especies amenazadas está protegida.

Cuba, la Mayor de las Antillas, no escapa de estas predicciones catastróficas, sin embargo exhibe un coherente conjunto de acciones y políticas encaminadas a responder al llamado de los científicos y, en particular, al informe de la ONU “Evaluación de los Ecosistemas del Milenio”, no solo como nación, sino también en los espacios particulares de cada uno de sus territorios.

Las Tunas, muy afectada en su floresta por los fenómenos atmosféricos del 2008, dedica un esfuerzo adicional para incrementar sus bosques, reducir las causas de los incendios forestales y potenciar el cuidado y selección de las especies autóctonas cubanas en peligro de extinción, como es el caso del manajú  con alto riesgo de desaparecer y que reproducen en viveros en el Jardín Botánico local, para luego redistribuirlo en zonas factibles para su crecimiento y desarrollo.

Lo mismo sucede con una colección de más de 150 especies oriundas de África, la zona del Caribe y América del Norte y Central cuidadas con esmero en la institución tunera, que puede calificarse como una tasa de oro en la conservación de plantas vulnerables y otro de los pilares de Cuba en la conservación de la biodiversidad.

Otro digno ejemplo es la costa norte del municipio de Manatí, auténtico patrimonio de las riquezas de la flora nacional, donde en la reserva ecológica Bahía de Nuevas Grandes se mantiene un sostenido trabajo de vigilancia sobre el Romerillo, la Bruja Negra, la Ruda, el Guayacán Blanco, la Ácana, la Pimienta y la Yuquilla de Ratón, todas ubicadas específicamente en La Isleta y en peligro de desaparecer.

Con estas medidas, Cuba se empina sobre sus talones y hace valer su expresa voluntad de contribuir como país a la conservación de la biodiversidad de la región y el planeta, que según expertos de 95 naciones para el 2050 será un “mundo mucho más pobre en cuanto a riqueza de animales y vegetales” y, muy difícil de predecir, cuáles serán las especies que llevarán al colapso del ecosistema.