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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: LLoansy Díaz Guerrero

El piquete patea la pelota de futbol en medio de la calle, pendiente si viene algún vehículo. Para ellos no existe el tiempo, se lo impone el mismo horario de la cotidianidad. Si van a clases o al trabajo en la mañana, juegan en las tardes, hasta que la noche le hace sombras  al balón. Los fines de semana llegan a cualquier hora. Cuando no están, sus voces y entusiasmo se extrañan.

La imagen es recurrente. Son jóvenes entre 19 y 25 años. Practican el deporte con absoluta libertad, alegría y confianza. En el Consejo Popular número 18 de la ciudad de Las Tunas la vida transcurre según los modos de cada quien. El barrio, por esta zona de edificios multifamiliares del Reparto Santos, lo habitan recién nacidos, niñas, niños, trabajadores, estudiantes,  jubilados, amas de casa, ancianitos. Una diversidad humana, como en todos los lugares de este mundo.

Sin embargo, no es “como en todos los lugares de este mundo”. Una noticia difundida en el sitio digital Cubadebate me convence de ello. Vuelven, en el crepúsculo de un martes de enero, a perseguir el esférico blanco y negro. Entonces, les percibo de una manera distinta, hasta el orgullo retoza en el pecho, mientras  repito mentalmente la información que acabo de leer.

La noticia acredita la fuente de la Agencia EFE y rubrica que casi el 55 por ciento de los adolescentes justifica la violencia para conseguir objetivos personales y el 26, 7 está interesado en aprender a manejar armas de fuego. El titular es objetivo: El amor a las armas crece entre los adolescentes europeos.   Esas cifras son el resultado de “un sondeo realizado entre 6 mil 782 alumnos de 57 escuelas de España e Italia apoyada por la Comisión Europea”, dice textual.

Incuestionablemente, los jóvenes de acá nada tienen que ver con los de allá. En Las Tunas, este piquete juega bullanguero  en la zona oeste, pero si recorres el otro extremo de la ciudad encuentras a un grupo similar frente a una mesa de dominó o haciendo galas al deporte nacional, el beisbol, en plena avenida o en los solares yermos. Igual, conversando de cualquier tema o escuchando música.  

Y no es metáfora afirmar que, si alguna vez vieron un arma, fueron las imitaciones de juguete con las cuales llenaron de fantasía los años de infancia, en ese férreo afán de hacerse héroe o policía. Porque las de verdad la tocan, por primera vez, cuando marchan a cumplir su Servicio Militar Activo.

Tampoco son ángeles, responden a un patrón social donde la violencia está ajena al modus operandi de sobrevivencia. El amor familiar sobresatura sus cunas y la escuela, gratuita desde los cinco años, lo refuerza y continúa.

Por estos caminos tuneros van, hembras y varones, sin diferencias, aunque algún golondrino  vuele descabezado por ahí.  La juventud del terruño – la cubana - está lejos de clasificar entre los biotipos violentos estandarizados hoy, sin negar que existe violencia familiar y los afectados son básicamente mujeres y niños. Con todo, el índice es  bajo y está representado en núcleos domésticos de poco nivel cultural o con características inherentes a sus estilos de vida.

En asuntos como la comunicación padres – hijos, conductas y actitudes violentas y consumo de pornografía, entre otras aristas vinculadas al tema, recogidos en la encuesta que difunde el portal Cubadebate, los adolescentes en la Isla marcan el presente con acciones propias del compañerismo, la solidaridad, la paz y la amistad, además de una pertenencia arraigada al apego paternal, la incorporación al estudio y al trabajo y un divertimento sano.

Otro gran contraste con los europeos y sus congéneres de muchas naciones radica, exactamente, en que a nivel social se trazan políticas gubernamentales encaminadas a amputar de raíz la proliferación de esos gérmenes contaminantes, en un sector muy vulnerable a influencias foráneas, confusión y pérdida de valores, estos últimos lacerados por la crisis económica del llamado Período Especial.

Más, con todo, la adolescencia en Cuba puede carecer de cosas materiales, incluso ser, en determinados momentos, proclive al consumismo y al boom de estos brutales tiempos que corren globalizada y neoliberalmente, pero jamás les faltará la virtud que enaltece y distingue a la Isla: ser sanos de mente y corazón. Por aquí anda, sin eufemismo ni desprecio, la gran diferencia entre los de acá y los de allá.