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Por Graciela Guerrero Garay

Comienza el año y no acabó según muchos leyeron en las sabias profecías de los Mayas. Por suerte, las predicciones apocalípticas sirvieron para demostrar que la vida fluye más allá de una lectura fanática o un fundamento científico. Estamos ya, igual enhorabuena, a las puertas de un calendario nuevo y vale continuar la lucha por el sueño común: mejorar cada día, en lo individual y colectivo.

No hace mucho, seguramente, nos abrazamos al ritmo de las doce campanadas y pedimos deseos de paz, amor, prosperidad, suerte, salud… Lo queremos personalmente y para quienes amamos y forman nuestros círculos de amigos, compañeros de trabajo, vecinos… Los de pensamientos más largos miraron la tierra, el mundo, los recursos naturales… e hicieron alabanzas para cuidar al planeta, terminar las diferencias de razas, religión, riquezas. En fin, ideas y principios que prometen un cambio a favor de lo bueno, en ese instinto natural del hombre de apartar de sí todo signo de desgracia.

Empero, nada es posible sino asumimos un cambio de actitud y aprovechamos las aptitudes y valores propios en pos de ayudar a los demás a transformar sus conductas y pensamientos negativos.   Algo así como mirar la vida en positivo, tal cual es, con sus dolores de parto y las alegres lágrimas por el nacimiento de algo nuevo, vital. No solo de un ser humano, más bien de aquello que represente un salto adelante, por pequeñito que sea.

Se trata, pues, de poner en balanzas de equilibrio los hechos. Nada es totalmente negro ni blanco, están los matices. Y sobre este concepto real, dinámico y altruista hay que empujar la rueda del vivir cada momento, con honestidad, humanismo, solidaridad, tolerancia, respeto, esfuerzo y proyección.  Trabajar, no como una obligación cansona y rutinaria, sino convencidos de que es el único modo de avanzar.

Año nuevo, vida nueva, no es un slogan. Es recapitular los pasos firmes o los que resbalaron bajo nuestros pies. Buscar las causas y catar bien lejos sus consecuencias. El ciclo cotidiano es así, un segundo tras otro. Y no desmayar ni pensar en estar perdidos. Siempre habrá un atisbo de luz en la misma oscuridad. Pero, por ello, debemos recibir al sol con sus manchas. O aquello magistral escrito por el cubano Manuel Cofiño: ver los pinos y el pinar, porque no hay pinar sin pinos.

Ahora que nuestro país cambia desde adentro, no podemos estar al margen del llamado de sentirnos parte, aún con aspiraciones, tropiezos y puntos de vistas diferentes. Unidad es el final del camino, para construir puentes y cruzarlos de igual a igual, sin mirarnos el ombligo o creer no son necesarios, ahí, el sudor y la huella de los zapatos “míos”. Vamos a cambiar los signos de las predicciones. La energía positiva llama su igual. Es el secreto de la vida ilustrado, desde siempre, en la llamada Ley de Atracción.

Nada de fanatismos ni supersticiones. Si el exceso de optimismo es malo, peor es la negatividad. Entonces, cuando hablamos de una nueva era y comienza el 2013 y seguimos vivos, entonemos mejor la canción de la victoria. Miremos de cara el porvenir y respondamos con vigor y sacrificio a la demanda: convertir el terruño, cada hogar y los trillos en veredas de esperanzas. Sumemos, por la nación, la familia y el futuro que llevamos de la mano.

Incrustarles  a los pequeños y jóvenes, con el ejemplo,  que no hay imposibles. Enseñarles la lucha, bonita y fea, de la vida y motivarlos a soñar de manera emprendedora, en amor y armonía, por un mundo mejor. Así será posible ahora, después y para siempre.