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Texto y Foto Graciela Guerrero Garay

Puede estar lleno de palabras rectas o reiterar un concepto de manera infinita. Resultarnos “peleón” o incomprensible y hasta chocarnos su cara de  sabelotodo. Mas, decir Maestro en Cuba es decir mamá, papá, tutela, sabiduría, humano, sacrificio, perseverancia, amor, libro, lápiz, escuela… ¡Tantas cosas vitales en la vida nuestra!, que esta crónica puede ser eterna y, aún así, el don de enseñar como evangelio vivo estaría apto para un adjetivo elocuente y exactamente perfecto, capaz de calificar a esos millones de personas que escogieron el camino de enseñar y educar.

En Cuba, de Maisí hasta el Cabo de San Antonio, entrar a un aula por primera vez es un retozo, alma adentro, corazón en el iris. Es crecer, de repente, tocado por una varita mágica, que se llama en la piel uniforme escolar, mochila, lápiz, besos, nuevos amigos, mamá-maestra, ternura, pañoleta. Es lindo, ser parte y, después, llevar apretados de la mano, a los hijos y nietos.

Prolongar la alegría de vivir y soñar…de llegar lejos. Apostar por un mundo que descubres día a día, en paz, con colores que huelen a tizas y pizarrón, entre el trazo inequívoco de los números y las vocales.

Es todo, porque ya José Martí, el Maestro Universal, y por suerte cubano, dijo que “aprender es el único modo de ser libre”. Y más apuntó en sus cuartillas inmortales con aquello de que todo hombre que viene a la tierra tiene derecho a educarse y, a cambio, ayudar a la educación de los demás.

Diciembre en esta Isla es un mes especial. Atareado, hermoso. Se homenajean a esos miles de hombres y mujeres que entregan sus caminos a enseñar y, cada escuela, parece una colmena dulce y mágica. Puede que sea eso que nos contagia y convence: que toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz. Y los niños y niñas multiplican los besos, mientras ellos, muy jóvenes y viejos, abren los brazos y pierden la noción de una respuesta lógica. Ese barullo especial viene de allí y solo una palabra sueña y vive: Maestra… Maestro…