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 Por Graciela Guerrero Garay   Foto: LLoansy Díaz Guerrero

Por asuntos médicos viajé recientemente a Santa Clara. Notables diferencias. Sin acercarnos mucho a la hipérbole, el contraste se nota tal como cuando uno sale de un cayo de marabú hacia una gran y populosa avenida.

La calidad del pan y la limpieza de las calles fueron las primeras cosas que me llamaron la atención y provocaron sana envidia. Añoré, entonces, que un día en mi terruño los niños y ancianos, sobre todo, pudieran desayunar con una bola de pan suave, esponjoso  y un gramaje exacto.

Lo mismo con las calles y las piqueras de coche. Algunos excrementos, muy pocos, en las que circulan cada diez minutos los “carretones”, como le llaman popularmente a estos medios de transporte que usan allá (las “pachangas”, en el nuestro, pero más pequeñas).

La disciplina social, en lugares donde la concentración de público era enorme,   me hizo decir jocosamente que por allá abundaban los mudos. En fin, que cuando indagué, hablé con la gente y averigüé por normas y acción de los inspectores era la misma “Cuba”. Todo legislado igual que aquí. La diferencia la marca la actitud social de sus habitantes. Una pertenencia enraizada, que lleva por estos caminos la respuesta a las justas  exigencias de lo establecido institucional y estatalmente.

No hago leña del árbol caído. Abogo porque nuestros predios respiren ese halo de pulcritud y educación que se respira en Santa Clara y la que, tantísimas veces, reclamamos por los medios de comunicación y cuantas vías son posibles para alcanzarlo. Se respeta el derecho colectivo. Trabajar no es un fin, sino un orgullo. Hay una predisposición natural – digo yo- a que los servicios complazcan, hagan volver. Cuando ya termina la jornada y los establecimientos van a cerrar, está aquello de que usted no regrese a casa sin llevarse lo que quiere y necesita.

Ejemplos tengo muchos en mi agenda. Ahora nos acercamos al proceso electoral y nominar los delegados es la primera batalla que debemos ganar con calidad. La pertenencia empieza ahí, en el barrio, casa adentro, haciendo equipo para que la “lucha” no sea de unos pocos, sino de todos. El espejo es ese, cuidar lo que tenemos. Hacer arte del ornato público. Encontré, en repartos periféricos, los jardines podados a tono con la arquitectura de las casas y edificios.  Imagine como estaban las arterias principales y ese casco histórico, remozado y con bulevar  y comercios modernos.

Las Tunas no puede negar su desarrollo y su impronta de novia, pero siempre el avance – aunque justo- viene comparado desde allá, desde los tiempos de la cenicienta de Cuba.  Mucho llovió y secó desde los 70. Evidentemente hay que saltar más alto. Revisarnos más y sumarnos todos.

Aprender. Cuando de urbanización, educación y cultura se habla se sugiere – es- interacción y correlación conjunta. Somos sociedad, no parcelas. Nadie puede montar su carpa donde le convenga el circo. Mejorar nuestro socialismo es también fortalecer la ética y ser congruentes con las misiones de cada organismo y cada ciudadano.

Realmente alimenta la cubanía y el espíritu llegar a una ciudad y respirar oxígeno por sus calles limpias. Los desechos domésticos recogidos en bolsas plásticas o sacos, en el horario mañanero establecido por Comunales. Nada de basureros improvisados ni papeles en las aceras. Cestos en los lugares públicos, invitando al orden. Disciplina, a todos los niveles, empezando por el transeúnte común.

Reflexionar es mi propuesta, más ahora que tendremos a mano una verdadera herramienta para promover, desde cada barriada, a esos hombres y mujeres que tienen mucho que ver con la transformación de las comunidades. No como nos creemos, con obras y verbenas, sino con acción y actitudes coherentes que promuevan al cambio de conciencia colectiva que, al final, será la que engendre y riegue luz por las cuatro esquinas.