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Por Graciela Guerrero Garay

Hace cuatro años tuve la oportunidad de encontrarme con una de las madres de Los CINCO. Corría la primera semana del mes de junio del año 2008. Nada ha cambiado desde entonces. La diferencia está en que los Estados Unidos de América siguen arreciando su sucia política de silencio sobre el caso de estos cubanos, acusados falsamente de ser terroristas y hoy con evidencias concretas de que el proceso judicial fue violatorio, comprado y manipulado incluso por la prensa de ese país y los medios locales.

Pero ese dolor profundo, ese reclamo de que se haga justicia, la necesidad de romper las injustas lejanías, los menos, las lágrimas, las batallas y la fuerza con que se defiende la verdad por parte de los cubanos y sus amigos en el mundo, son los mismos, aunque se han multiplicado.

De hecho sí, cada minuto de cada día es más sangriento, duele más la cárcel, pesa más la condena. Se pierde ese derecho legítimo a vivir con la familia, conducir a los hijos, entregarse el amor… Todo mutilado por la rabiosa rencilla de un imperio que cambia las barajas del Derecho sin piedad, sin decoro, sin respeto a las leyes internacionales. Un imperialismo sordo al llamado de los hombres justos, a la solidaridad mundial, al dictamen de los organismos internacionales, de personalidades de prestigio.

En aquella entrevista que recuerdo ahora, Irma Sehwerert, la madre de René, nos decía: “Me parece verlo llegar, darme el abrazo prolongado, contarme sus cosas, proyectar sus sueños…”  Y un brillo delatador le hace quitarse los espejuelos. Sigue.

“No puedo sustraerme a esta emoción, revivirla. Es muy duro, pero no solo para mí. Sus hijas apenas le conocen. No dejaron que las disfrutara, que las pudiera ver crecer, llevar a la escuela, jugar…” Y la voz se hace trémula en la comisura de sus labios.

“Ibet – continuaba entonces - tenía cuatro meses cuando lo cogieron preso. Ya tiene dos años y medio y no lo ha visto. Olguita hace más de tres que no recibe un beso de René. Nadie puede valorar cuánto se siente todo esto, y saber que el único delito que cometió fue el de salvar a su pueblo del terrorismo, al igual que sus hermanos de lucha”.

Su libertad condicionada es igual al negro castigo de la prisión inmerecida. Jamás el tiempo podrá recuperarlo. Lleva el dolor de sus hermanos en el alma, como el propio. Es como si soltaran a una paloma con las alas rotas. No puede volar. Le niegan el derecho al nido.

Hoy el mundo entero levanta brazos y banderas por Los CINCO. Obama tiene el poder de ser dueño de la justicia y reivindicar – si es que se puede – la honra de su discordante presidencia. Pero no, todo está igual. El imperio está herido por sus propias armas. Se tambalea, sin embargo del águila le ciega de impudor los ojos.

Los CINCO, Gerardo, René, Antonio, Fernando y Ramón, siguen prisioneros por una causa hasta risible dentro de los límites del raciocinio humano. Lo hermoso de esta historia es que no están solos. La tierra tiembla y exige que les quiten sus absurdas condenas y los regresen a Cuba y los cubanos. Todo llega y volverán, porque la verdad es una ley divina y los hombres juegan y la escupen, pero más temprano que tarde, se les vira y los hace poner de rodilla ante la luz.

El gobierno de los Estados Unidos de América se apunta con sus dedos. El llanto de Irma y de las demás madres de estos héroes, como el de las cubanas, no será en vano. La justicia viene.