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Por Graciela Guerrero Garay

Cuando este viernes pasado concluyó la Cumbre Río+20 en Brasil, los terrícolas que cifraron esperanzas de futuro en que se podían cambiar las reglas del juego y buscar alternativas confiables para un desarrollo sostenible, pusieron manos en la cabeza por las imprecisiones que avizora el borrador final, criticado por no precisar los objetivos ni determinar plazos  para su cumplimiento.

La atención se concentra en que el documento ignora – según fuentes acreditadas en Brasil – una cláusula que llama a los gobiernos a eliminar las subvenciones a los combustibles fósiles, así como la determinación de crear una estructura institucional para alta mar, que se pospuso por tres años.

Para algunos observadores se ha perdido, una vez más, la oportunidad de transformar la línea del desarrollo humano, mientras Ban Ki-moon, en la sesión inaugural de la Cumbre, advertía que se está acabando el tiempo para enfrentar una creciente lista de problemas ambientales y exhortaba a llevar las palabras a los hechos.

Lo cierto es que ante la evidencia de cerrar las puertas de la Cumbre Río+20 y que no existan compromisos a la altura que demanda la realidad en que vivimos, vale preguntarse si la ecuación correcta para medir el evento es negativa o intenta disfrazarse con “un más” que desmerita las justas preocupaciones de los ecologistas, y los que abogan por un equilibro sustentable que les pertenece por derecho a los millones de millones que habitan la tierra.

El General de Ejército Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, recordaba este jueves en Río de Janeiro que “hace 20 años, el 12 de junio de 1992, en este mismo recinto, el líder de la Revolución cubana Fidel Castro Ruz expresó, y cito: "Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida: el hombre".

En ese contexto también se levantaron muchas voces de los mandatarios participantes, pero con sus manchas oscuras y consenso para otros, la Cumbre deja un rictus amargo para el día de mañana, porque los ricos consumidores de la vida y la tierra no parecen estar muy dispuestos a quitarse los zapatos y dejar descansar a la ambición.

A lo que notamos, las manos que piden pan y necesitan oxígeno seguirán extendidas. Ojalá la poderosa madre Tierra no tome venganza. Un desarrollo sostenible y un planeta en equilibrio es una urgencia, ni ya el grito desesperado de los países pobres ni los mandatarios sensatos y responsables con lo que representan. Veinte años después huele a muy tarde.