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 Ese veneno de amor

Por Graciela Guerrero Garay

Cuando de eventos de riesgo se trata, siempre he tenido la percepción de que el humano cree que la fatalidad no le toca a él, es para otro. Tal sensación me viene a la mente cuando veo la irresponsabilidad individual campeando frente al peligro. O al observar que, con la naturalidad más ingenua, la mayoría desobedece advertencias, campañas educativas, señales, charlas sanitarias, etc. etc.

Si no es así, ¿por qué sale siempre un nuevo foco de Aedes? ¿Por qué aumentan los accidentes del tránsito? ¿Por qué hay incidencias cotidianas de niños con traumatismos domésticos evitables? ¿Por qué se incrementan las cifras de SIDA o hay embarazos no deseados, precoces y se abusa del aborto?

Una cadena interminable que va siempre a lo mismo: la responsabilidad personal, la actitud ante sí mismo y la sociedad. Llanto y lamentos después, pero antes un hueco vacío de sensatez, madurez, cordura y disciplina. Y lo irremediable – irónico, mejor – es que el asunto tiene que resolverlo la Policía, Salud Pública, los Bomberos, el Gobierno, el Partido y cualquier cosa menos el buscador del problema. Y pobre si a esa hora cero hay demora de respuesta, falta un medicamento, no hay carro disponible… en fin, toiticos son malos  menos el hacedor del enredo y la negligencia.

Hay que tomar conciencia de estos hechos. Da escalofrío cuando uno indaga en las cifras del SIDA, por ejemplo. Y es deprimente aceptar que por el simple deseo de no usar un condón, se esté tan dispuesto a entregarse a la muerte, a entristecer para siempre a la familia, a condenar a la pareja a que se envenene por amor y sea víctima obligada de un acto egoísta e insensible.

Irrita igual que se gasten millones de recursos, monetarios y humanos, año tras año, (haciendo falta para tantas cosas) y el problema perdure, se fortalezca y hasta llegue a parecer tan normal que le olvidamos o lo vemos ahí, de costadito, como si fuera de la gente de Hong Kong. Y eso es tan común en nosotros y en tantas facetas del diario vivir que cuando voy por las calles y veo el “rearchivertido” estiércol de caballos en el pavimento, me pregunto si se les pudiera poner un microchip a las bestias para que alerte a sus  amos y estos le coloquen el no usado protector.

Las multas parecen no surtir efecto y se burlan, pues incontables veces los cobradores andan de puerta en puerta buscando al notificado y no reside en la dirección que dio. Este es otro tema interesante. Vamos por estas veredas en asuntos de conciencia y responsabilidad. Vale este dato del VIH –SIDA: desde 1986 en que apareció el primer caso en el país, ya suman 11 mil 994, contra los 10 mil 454 notificados el pasado año. Y en Las Tunas la cifra creció y las mujeres empiezan a engrosar más de prisa el número de infectados.

Ya han muerto 2 mil 063 y viven con el virus 9 mil 931, aunque somos la nación con más bajos índices de prevalencia de América Latina. Sin embargo, el veneno está ahí, en cualquier rostro, detrás de una aventura impensada, entre el mareo del licor y la promiscuidad. Sexo sin fundamento, pero con mucho potencial doloroso y fatídico.

Anote más: Cuba gasta cada año más de 200 millones de dólares en prevenirlo, montar campañas promocionales y  dar atención médica a estos enfermos. Y en el orden individual, la gratuidad de los antirretrovirales se monta, en igual tiempo, entre los 3 mil y 6 mil dólares. Esa noche de pasión incontrolada cuesta eso y, a la larga, nos lleva hasta el sepulcro.

Leía que hay toda una voluntad en los especialistas de la provincia para mejorar los indicadores de salud en estas enfermedades prevenibles. Muy honesto y merecedor de reconocimiento. Sin embargo, es cada quien con su actuar cotidiano el que podrá facilitarle los caminos a las instituciones sanitarias para que cumplan su meta. La verdad está ahí: Salud Pública se  empeña y hace mucho, las más con muy poco. Empero, yo, tú, él y ella no conjugamos el verbo exacto. Jugamos con nuestra vida y con la de los demás. ¿ Por qué y hasta cuándo?