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Texto y Foto: Graciela Guerrero Garay

Las sociedades seguirán siendo para mí como las familias, de hecho la integran. Llena de vivencias estoy en historias de vida en las que siempre sale un “gato pinto”, nada que ver con la educación, el ejemplo y la crianza que ha recibido. El señorito de marras está ahí, como un desafío, dando al traste con la estela de enseñanzas positivas que se han esmerado en darle sus tutores y descuartizando todas las herramientas posibles puestas en sus manos.

Si todos los caminos van a Roma, todos los desafueros sociales – pienso y creo – llevan al hombre, quien, al final de la cuesta, es el ente participativo e integrador del conjunto. Mi país, Cuba, es atacada constantemente  como violadora de los derechos humanos. Hay una derecha infectada y malévola que inventa, manipula y exagera cuanto acontece acá y lo ensambla a sus intereses, desde el suelo de los Estados Unidos, básicamente en la ciudad de Miami. Y, al concluir, es lo mismo: el demonio es el socialismo y sus espadas los altos dirigentes de la Isla. El resto es víctima. Hasta esa extrema contrarrevolucionaria, que vive en el llamado país de la libertad, es víctima.

Así aplican su regla de tres: la isla, el abismo, y lo demás carretera. Pero sucede que no es tal culpable el que tildan, porque estando muy lejos de la perfección humana y social, los cubanos tenemos derechos y prerrogativas espirituales que en muy pocos lugares del mundo afloran y se institucionalizan como aquí, relacionados exactamente con la niñez y la juventud. Empero, ese humano con derecho propio al discernimiento, estropea su propio bienestar y, luego, acusa al que tiene al lado. Es como un karma amorfo y hereditario.

Pasa entonces que al mirar el comportamiento individual uno descubre que esa elección personal a ser como soy y punto   se te cuela, muy tarde en la noche, mientras escribo o estudio, en el silencio de las madrugadas y me desnuda los caballos del  apocalipsis. Nada que ver con presagios malignos o alusión religiosa. Son esos que a la usanza de coches antiguos o innovaciones contemporáneas, nos transportan con la misma facilidad que nos maltratan.

A veces, me levanto como un bólido de la computadora creyendo que ha pasado un accidente o se ha formado una trifulca de altura. Si mi imaginación anda de novelera, asumo que viene el ejército de Julio César a rescatar de las manos de Marco Antonio a su querida Cleopatra. Al final, reconozco que existe un grupo de cocheros y trasnochados que si tienen alguna educación o conciencia pública, la acostaron a dormir y salieron de ronda con el desacato a toda norma social. Nadie los manda, ellos deciden campear por su respeto y hacer, exactamente, lo que exige el Gobierno que se respete y por lo cual, en más de medio siglo, ha erogado millones y millones de pesos para el presupuesto de estas actividades: educación, obras sociales, urbanización, sociedad...

Para ellos no existe día de la semana, más en estos tiempos cuando prácticamente durante el año entero hay una actividad festiva popular y varios centros nocturnos funcionan las 24 horas. Es irracional el tropelaje, las malas palabras, las griterías y los latigazos a los pobres animales que le llenan el bolsillo y agotan con el exceso de pasajeros y las horas de trabajo.

Es incomprensible también que si es un fenómeno tan recurrente y muy difícil de ignorar, no se haya adoptado que los grupos de inspección o del orden  realicen guardias nocturnas para multar y exigir el respeto que merece la urbanidad, las horas del sueño del pueblo y la convivencia social.

Ahora que se abrirán múltiples opciones del trabajo por cuenta propia, ¿se imaginan si empiezan a transitar más caballos, digo coches, violadores y generadores de un ruido de tan mal gusto, inapropiado y sintomático de que estamos lejos de poseer esa ética cultural de la que muchas veces nos jactamos y no encontramos en el andar cotidiano? Y si seguimos “buceando”  sería muy bueno empezar a imponer multas a los ruidosos, a esos divertidos que parece se enajenan tanto que creen vivir en la selva, más que por la bulla por las imitaciones guturales que hacen, lo mismo de un orangután que de un guacamayo.

Lo cierto es que en esta jungla de malos educados, entran también los vehículos automotores, sobre todo al amanecer cuando van de recogida de sus superiores o de algún trabajador. Se puede hacer todo un concurso de pitos, frenazos, música de caseteras y hasta chiflidos. Y no escapan los particulares ni los bicitaxis. En fin, que hay que ver para creer hasta donde llega la indolencia y la autocomplacencia.

En tiempos de carnavales… alegría con licor, patético panorama. Las competencias de los cocheros por llevarse primero a los viajeros,  el ir uno encima del otro en una carrera por ganar más y cobrar mucho, ignorando las tarifas, es otro desmán común. Y que me pregunten a mi, me dijo una señora que vive a mitad de trayecto entre la piquera del Tanque de Buenavista y el Ferrocarril. Pero los de la calle Joaquín Agüero y quienes residen cerca del recinto Ferial de esta ciudad, coinciden: los coches resuelven un gran problema social, pero crean otros tantos.

¿No será inteligente medir también la idoneidad en el cuentapropismo, sobre todo en  actividades donde el pueblo es a todo riesgo el agente receptor del servicio? Es recurrente el número de accidentes en coches. Y pienso, justo a la apertura próxima de un número considerable de patentes y oficios: ¿quién me garantiza que no me intoxicará una pizza que pueda comerme a las 12 de la noche? ¿O que el bocadito de cerdo no es de  gato, perro o un “choncho” verraco? Es muy serio, no vaya a creerse alguien que a río revuelto, ganancia de violadores. Estos problemas que exteriorizan ética y cultura, urbanidad y comportamiento social hay que resolverlos sin paternalismo ni complacencia.

Nada de mano blanda. La ley es para respetarla. Esos, los descarriados, no pueden ni tienen derecho a sembrar una imagen que no es la nuestra.  O darle elementos a los detractores para que, por estas indisciplinas sociales, armen un culebrón sin punto y seguido, porque acá en la Isla hay también innumerables hechos que demuestran los valores culturales de la mayoría. En Cuba somos más los que sabemos de hábitos correctos y llevamos con decoro el sentido de pertenencia y sociedad.