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Texto y Foto: Graciela Guerrero Garay  

 

Su pausada voz parece recoger y apagar al unísono todo el fuego de cualquier locura. No se jacta de lo que es ni tampoco de lo mucho que ha dado en el tiempo a la vertiginosa carrera de las “batas blancas”. Es sencillo, como la familia que le trajo al mundo un 20 de agosto de 1945 en el municipio Colombia.  Exigente, comedido y vencedor de obstáculos. Herencia de un matrimonio que, desde la humildad, hizo todo lo que creyó correcto y defendió la virtud y las ideas revolucionarias.

 

En sus recuerdos galopan las balas, las constantes mudanzas para evitar caer en las garras de los tigres de Manferrer, uno de los batistianos más sangrientos que recoge la historia local en la década de los 50. Su padre, operador de grúas en el otrora central Elia, era del movimiento 26 de Julio. Para evitar riesgos y cumplir las misiones había que estar con la mochila al hombro.

 

Lo tengo delante de mí y me parece reencontrarlo en cualquier pasillo del hospital general docente Ernesto Guevara, unas veces seguidos de pacientes, otras de estudiantes. O caminando por el barrio y el mercado, educado y cordial con quienes se cruzan con él y le saludan con respeto y cariño. Es algo propio, como el amor dado a los hijos, la esposa y el hogar. Tan fuerte como los ahíncos con que ha defendido siempre lo que quiere. Le viene de cuna.

 

Serio y recto, quizás demasiado para muchos. Callado y observador. Inviolable en sus metas. Decidido en sus acciones. Ejemplar en  el ejercicio de la Psiquiatría. Maestro de generaciones en el historial de la medicina tunera. Hijo, padre, médico, esposo, profesor, internacionalista y cubano digno, aunque su quizás tímida sonrisa y el leve pestañeo de los ojos traten de esconder el rubor que le producen los halagos, muchísimos en su terruño, en el país y en las tierras que acogieron sus pasos solidarios. Guinea Bissau, África, y Timor Leste, Asia, lo recordarán siempre como un soldado y un galeno brillante e incansable.

 

EN EL JUEGO DE PREGUNTAS Y RESPUESTAS…

 

Resumir en líneas los pasos de un hombre que te enseña que se puede vivir con utilidad muchas vidas cada día, es difícil. Desde muy pequeño le llegan las estrellas o hizo todo por no dejarlas escapar jamás. Primero, aprovechando la tenacidad paterna de que había que estudiar. Después, el desafío de un hogar de colaboradores rebeldes que tenían misiones y peligros que trascendían a la convivencia y le  atrasaron tres años los estudios. Luego, la necesidad de trabajar para contribuir a la economía doméstica y lograr sus anhelos. Siempre, ser un joven con los minutos exactos para cada cosa y dejar al margen las aventuras de una edad donde, en la mayoría, los sueños llegan y se van.

 

Estaba decidido y venció. Trabajó en un correo. Estudió de noche. Vivió y sembró la tierra en el 6 de Jobabito y en el 10 de la Macagua, para ayudar al padre en sus tareas revolucionarias. Milita en las filas de los Jóvenes Rebeldes y fue el primer presidente de la organización de Pioneros en la región Tunas – Puerto Padre. Se becó en La Habana para estudiar el preuniversitario, pues no existía la enseñanza aquí. Sigue allí su trayectoria de dirigente estudiantil y comienza, no sabe exactamente cuando, a despertársele su vocación por la medicina.

 

En el juego de preguntas y respuestas este hombre que venera el amor por la familia, siente un orgullo especial por sus hijos y su esposa – todos médicos también – y tiene como inviolable el principio de que la superación constante es el mérito que no debe faltarle a ningún galeno, te demuestra que la virtud y la profesionalidad no están divorciadas, sino que se unen y retroalimentan allí donde el ser humano hace un nudo firme entre mente y corazón, metas y sacrificios, dedicación y resultados.

 

CON EL TIEMPO…

 

A los 64 años no está cansado, a pesar de que uno siente delante de su Curriculum que todos los minutos estuvieron cargados de una tarea importante, vital para él, para la medicina y la psiquiatría, con una trascendencia más allá de lo individual para convertirse en mérito colectivo, nacional, local e internacional no solo por ser internacionalista, sino porque tanto en África como en Timor Leste dignificó su especialidad al marcar precedentes con su servicio y abrir horizontes a su especialidad en esas lejanas tierras.

 

El Consejo de Estado le reconoce con dos medallas por su trabajo en Guinea Bissau (noviembre 1978 – diciembre 1980). La de Combatiente Internacionalista guardará siempre sus actividades militares en la Misión Cubana cuando los dos golpes de Estado y las guerras internas que acontecieron. El Diploma de Honra, emitido por el Comisariado de Estado de Salud y Asuntos Sociales de Guinea Bissau, le gratifica sus labores y ser el gestor de la Primera Jornada Científica Médica Nacional de esa República.

 

Timor Leste no es menos intensa y le depara tensiones, añoranzas y alegrías que sueña un día poder continuar, pues varios proyectos quedaron truncos por la guerra civil que implicó poner a riesgo las vidas del grupo de médicos que estaban allí en Dili, la capital, y sus distritos cercanos. Ver la evolución y desarrollo del primer Servicio de Hospitalización en la Atención Secundaria, de la que fue creador y le trajo a su haber otra medalla del Consejo de Estado, es un pensamiento que se hace esperanza cuando recuerda que el Ministro de Salud resaltó que esta loable labor de los cubanos se tendría en cuenta para futuras colaboraciones, ante el pedido de esas hermanas tierras de que se prorrogara la misión.

 

Cuenta las fuertes escenas en Lahane, donde estaba la residencia de los cubanos. Dos días bajo un balaceo horrible que dejó huellas en las paredes de la casa. Luego, la retirada de los galenos de otros países y el montaje de los campamentos para refugiados. “Todos los médicos cubanos, independientemente de la especialidad laboramos como médicos generales, haciendo guardias de 24 horas – dice - y hubo ocasiones en que los enfermeros timorenses no iban a trabajar, por miedo a las flechas de los grupos opositores y también fue necesario  asumir como enfermeros,  pero gracias a la valentía, dedicación y solidaridad sin límites de los colaboradores cubanos el Hospital Nacional “Guido Valadares”, nunca interrumpió sus actividades”.

 

El doctor Emilio Alfonso Lastre Arrieta me contagia con esa vitalidad que le hace más cercano a todo cuanto le rodea. Creo que la vida no le alcanza al saber que posee la Distinción Especial de Profesor Consultante, además de los méritos de ser el primer especialista de I Grado en Psiquiatría que tuvo el territorio (1978) y diez años más tarde obtener similar condición de II Grado. Pero no, a los 60 años cursó un Diplomado en Educación Médica Superior y hace muy poco una Maestría en Longevidad Satisfactoria.

 

Hay tiempo para todo, me confiesa. Y el apoyo familiar, su esposa, la también querida Psiquiatra Carmen Leyva Machado, como sus hijos y padres, salen de fortaleza en los empeños de este maestro de generaciones que tiene también participación en 19 Congresos Nacionales e Internacionales con 33 trabajos presentados, 148 en eventos provinciales, premios dentro y fuera de Cuba, 23 investigaciones, 18 publicaciones y un libro por editar de sus labores en Timor Leste, sin contar sus faenas como tutor y asesor, las actividades como militante, consultas, guardias y todo cuanto hace un tunero en sus quehaceres cotidianos.

 

La cuerda locura de este amigo y profesor no está tal vez en sus 36 años de experiencia y en que te habla en tres idiomas diferentes. O en que prefiere oír música instrumental donde destaquen el piano y la guitarra. Ni en leer constantemente ni escribir en la computadora, sino que, legítimo martiano, hizo suya la frase del apóstol de “hacer en cada momento, lo que en cada momento sea necesario”. Puede que aquí, justamente, esté el secreto de la tanta utilidad y bien público en que ha convertido cada segundo de su propia vida.