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Por Graciela Guerrero Garay    Foto: Norge Santiesteban Vidal

Desde que la ciudad de Las Tunas tomó cuerpo de sirena y se hizo de luces y vestidos nuevos, el parque Vicente García siempre fue un regalo de paz a sus habitantes y para cuantos cubanos y extranjeros iban – van - camino a las regiones vecinas donde el sol estrena su ronda de vírgenes rayos dorados cada amanecer: Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma y Holguín, provincias que integran hoy esa llamada cabeza verde del caimán grande que es la Isla Faro de América Latina.

Nadie pudo ignorar, ni los primeros habitantes de la antigua Victoria de Las Tunas, que este amplio espacio era mirada obligada para los viajeros que transitaban por la Carretera Central en su trayecto hacia el Occidente, el Centro y el Oriente del país, pues su ubicación geográfica permite desnudar con la mirada sus bancos de granito o esos hombres, mujeres y niños que formaron y forman la población de este territorio.

Cuentan todos que en los primeros años tuvo la misma preferencia y referencia de ahora. Y en su cómplice y callada memoria hay historias de muchas y muchas cosas… amantes, amores prohibidos, encuentros y desencuentros, citas conspirativas,  breves contactos de trabajo, un nuevo romance, una ronda de conquista, el parto de un poema, el pétalo naciente de una amistad, la meditación de un sueño, la catarsis, el escape a la nostalgia, un primer beso y un último adiós…

Todo ahí, en el palpitar del corazón de la ciudad…noche y día, mes a mes, año a año…con su verde hierba de jardín renovada en los veranos y los inviernos…con su estatua perenne… la del Mayor General, ese Vicente García que será siempre de los tuneros y de Cuba, amén de los réquiem hechos a su patriotismo cuestionado, a la verdadera reivindicación de su figura, al protagonismo de su vida entregada a la libertad de su Patria y de su tierra.

El Parque… testigo presencial de sueños en siglos de constante transformación…, metamorfosis divina, con silencios y voces, de una región que gana poco a poco un urbanismo enorme, aunque la gente siga hoy inconforme y medite y exija más y más, muchas veces sin darle un mínimo suspiro, una gota de sudor o un pensamiento crítico, constructivo, aleccionador y honesto.

Mundano mundo que no cuenta las baldosas limpias que atesoran las mejores huellas, pero las luces nuevas están ahí, alumbrando, cautivando, avanzando… sin poder ser destruidas por la metralla de las lenguas o el injusto corazón que dictamina… La foto de mi colega Norge lo retiene… triunfal, eterno, enamorado y en esa única perspectiva que ganará la batalla del olvido, porque fue, es y será siempre un regalo de paz, el sitio perfecto para hacer el alto del camino, descansar, refrescar, conversar…

… Porque es el Parque de la ciudad y ahí, contra viento y marea, está la historia escrita, muda y existencial de millones de tuneros, de cubanos, de visitantes… de vivos y muertos, de generaciones que convergen en la distancia y los almanaques, en la esperanza y en el tiempo… bajo un cielo común con nubes frescas, con alguna promesa bajo el brazo o una canción a punto de salir volando…