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El comportamiento juvenil recibe las miradas más críticas de la sociedad. Las quejas parecen estar siempre ahí, en el índice de todos. Los jóvenes, por su parte, no se sienten “tan malos” y creen que actúan tal como son. De otro lado, las estadísticas muestran curvas diversas que dan síntomas de que no siempre y en todo momento hay que aplaudir conductas. La delincuencia juvenil ha crecido en los últimos años.

Por Graciela Guerrero Garay   Foto: Lloansy Díaz Guerrero

La teoría del vaso “medio lleno o medio vacío” está de moda. Para muchos, sobre todo los optimistas, es una manera de ver el lado bueno de las cosas. Sin embargo, algunos analistas apuntan que no es una teoría propiamente dicha, sino una actitud de vida.

Sondear e investigar sobre el comportamiento juvenil en estos justos momentos de cambios de nuestra sociedad y el emplazamiento a buscar cada vez con más necesario empeño su mejoramiento, me la trajo a punta de “lapicero”. Los jóvenes creen que actúan tal cual son, al menos, la media de los entrevistados, que abarcó un universo aleatorio de ambos sexos, entre las edades de 12 a 35 años.

Los adultos entrevistados, de todas las categorías sociales, los señalaron con el verbo y el índice. Para 25 de los 45, un 55, 5 por ciento de la muestra, dijo que eran desobedientes, mal educados, protestones, rebeldes, haraganes, independientes, indisciplinados, desordenados y libertinos.  El resto lo calificó como inmaduros, groseros y desmotivados para el estudio y el trabajo. Aunque también le pegaron otras etiquetas: son jóvenes, uno a veces se le olvida que lo fuimos.  Se parecen a su tiempo. Hay que hacer algo con ellos, ni en la casa ni en la escuela se saben comportar.

De cara al asunto, parece que no hay nada virtuoso en la juventud de hoy o que todos, sin excepción, se comportan y asumen conductas públicas y privadas indeseables. No es así. Todos lo sabemos, aunque no es menos cierto que hay un número – quizás acrecentado en la última década- que puede merecer esta adjetivación de marras. 

 

¿EN QUÉ CAMPO ESTÁ LA PELOTA?

La doctora Natividad Guerrero Borrego, del Centro de Estudios sobre la Juventud, en el Boletín Academia, del Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de La Habana, publica un artículo donde resalta que El nuevo milenio presenta el contexto social cubano con más certidumbre para toda la sociedad y en especial para la juventud. Después de la década de los años 90, se vislumbra un proyecto social que enfatiza las acciones educativas y de empleo, esencialmente en el sector más joven de la población, y el Comandante Fidel Castro se esmera por crear las condiciones para que tanto niños, adolescentes y jóvenes así como los adultos, hagan suyas las ofertas que, tras las estrategias de “La Batalla de ideas” se suscriben a favor del fortalecimiento de la cultura general integral.”

La afirmación no deja margen a dudas. Los Programas Priorizados abrieron puertas a cientos de miles de jóvenes que se habían desvinculado del estudio y el trabajo y se dedicaron, ante la crisis aguda del Período Especial, al fenómeno del jineterismo, el proxenetismo y el trabajo por Cuenta Propia. Un camino, al parecer, más fácil que el de asumir las convocatorias que exigen inversión de tiempo, dedicación y madurez, desde el prisma conceptual que tipifican dentro de la lucha por el desarrollo individual y colectivo.

Aún así, la respuesta fue positiva y los Cursos Integrales de Superación para Jóvenes es la prueba más tangible. Hasta los exreclusos se insertaron y encontraron el lugar abandonado por sí mismos. Sin embargo, como argumenta esta misma investigadora, no todos se integraron. La causa puede que esté en la diferencia y diversidad humana que conforma toda sociedad. “Si de valores se trata, estamos conviviendo con varias filosofías, entre las que se destacan la filosofía del tener y la filosofía del ser. Visto así, nos quedaría por trabajar y defender aquella que pueda favorecer el desarrollo humano, aquella que capacite a hombres y mujeres para que se proyecten hacia la elevación del bienestar social, estamos hablando entonces de la filosofía del ser”, recalca Natividad.

El muestreo realizado lo corrobora. Un 20 por ciento de los padres alegaron que “cuando los muchachos crecen, es muy difícil controlarlos. Ya se gobiernan”. Y detrás de esta respuesta genérica, derivan otras: “la escuela no cumple bien su papel”. “Si el vecino sale, el mío quiere salir también”. “Imagínate, a todos les gusta presumir y hay que buscar dinero. Lo que pagan por estudiar no da ni para un par de zapatos. Hay que pensar en eso.”

Chicas y chicos también opinan. “Mis padres no me pueden dar todos los gustos, quiero trabajar, pero lo que ofertan no me gusta”. Este punto de vista, con unas u otras palabras, prevaleció en el 35 por ciento de los varones encuestados. Las hembras, más conservadoras quizás, alegaron en mayoría que prefieren las carreras técnicas, porque son más cortas, no todas se hacen becadas y existe la posibilidad de encontrar “un amor que las mantenga y complazca”.

Estas complejidades jamás han estado al margen de los análisis y estudios sobre la juventud cubana, tanto en el contexto nacional como internacional, donde no es nada despreciable la negativa influencia que recibe, condicionada por los propios cambios y reconsideraciones a que se vio obligado el país ante la desaparición de la antigua Unión Soviética, la implantación de reformas económicas, la apertura al turismo y todo lo que entra, se copia y mal se interpreta de los paquetes comunicativos, ya sea mediante los medios de comunicación, las altas tecnologías o el comercio “inocente” del mundo de la farándula.

María Isabel Domínguez, del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS) de La Habana, destaca estos elementos en su trabajo “La integración social de la juventud cubana”, enunciando que “en medio de las complejas circunstancias que vive la Humanidad en las postrimerías del siglo XX, que han obligado a una reflexión internacional acerca de la necesidad de preservar y fortalecer los procesos de integración social de las distintas comunidades – regionales, nacionales y locales – el sector de la juventud requiere una mirada particular, pues ellos serán los que marquen la tónica del próximo siglo, al cual están arribando con un conjunto de problemas comunes como generación a pesar de las diferencias según el contexto concreto en que se desenvuelven, sus condiciones anteriores y sus perspectivas de futuro.

“En el caso de Cuba, las características del proceso revolucionario permitieron que, hasta la década del 90, la juventud pudiera permanecer al margen casi absoluto de las principales tendencias desintegradoras predominantes en el mundo y en particular en la región latinoamericana, y aún hoy, a pesar de la profunda crisis económica que hemos atravesado y que ha hecho surgir o tomar fuerza a fenómenos no presentes en etapas anteriores, esta tiene magnitudes o dinámicas de comportamiento en gran medida diferentes al resto de las sociedades de nuestro continente”.

Pero ello no nos salva de las alertas rojas y mucho menos podemos minimizar el menor síntoma de relajamiento, sea ético, conductual o existencialista. No es una consigna de ocasión que los jóvenes de ahora son los cubanos de mañana, con toda la convergencia y coherencia que ello representa como nación, como raza y como ideología.

Todas las cosas y todos los hechos no están en su lugar. Hay cifras que demuestran que al momento de solicitar carreras parece que la mayoría tiene la misma formación y orientación vocacional. Algo similar ocurre cuando de ofertar plazas laborales se trata, ninguno se inclina por las necesidades locales o las prioridades que signifiquen futuros empleos agrícolas o que los alejen de “cómodas oficinas, buenas retribuciones y una imagen de impacto social”.

Si bien las coordenadas económicas han puesto a la familia en situaciones tensas y el dinero, como concepto mercantil, se ha lanzado en los últimos años a un primer plano, estas actitudes evidencian debilitamientos en los valores que, desde los primeros años de vida, reciben mediante una instrucción y educación gratuitas. Ya el tema ha sido objeto de análisis por más de un investigador.

Otro estudio de Maria Isabel Domínguez, “Justicia Social y Juventud: Retos y perspectivas para la sociedad cubana en el nuevo siglo”, dice que en el amplio espectro que hoy conforma la juventud cubana es posible distinguir con claridad la existencia de tres grupos: uno con una fuerte participación, orientada sobre todo a desempeñar el papel que les corresponde como contribución a la solución de los problemas colectivos; un segundo grupo que reconoce a la Revolución por sus proyectos de justicia social e igualdad, mantienen niveles de participación medios, pero con menor implicación personal y cierta pasividad; y un tercer grupo, que se caracteriza por la interiorización de un modelo de bienestar basado en la máxima jerarquización del consumismo, que es a su vez el elemento central de su escala de valores, por lo que no tienen implicación en la realización de metas colectivas y si mantienen algún nivel de participación es de naturaleza formal (Domínguez y Ferrer, 1996).

Esta realidad aún prevalece. En los sondeos, encuestas y resultados de la muestra lo encontramos. Los organismos políticos y sociales, así como las organizaciones estudiantiles, tienen la problemática como punto permanente de análisis y ha sido debatida en los Congresos de la UJC, la FEEM y la FEU con fuerza y una visión profundamente crítica y autocrítica. El MINED también le ha dado el espacio justo.

El Estado tampoco está al margen y, en medio de la aguda crisis económica,  mantiene la directriz de hacer prevalecer la justicia social y buscar una equidad para todos, esencialmente la juventud. Sin embargo, los problemas y las respuestas dadas por los jóvenes, básicamente los adolescentes, no siempre corresponde con estos esfuerzos.

La cuestión, según la tendencia de los resultados de nuestra investigación periodística, simula un partido de voleibol. Los padres, junto a un paternalismo evidente, descuidaron el tutelaje por el “agobio de estos tiempos difíciles”, sobre todo en ese tercer grupo que hace notar María Isabel Domínguez, y marcan como eje de estas dificultades a la sociedad y la escuela. Esta, a su vez, en criterio de muchos profesores, expresa la despreocupación familiar y el no seguimiento riguroso de las actitudes juveniles a pesar de las llamadas de atención. A las reuniones de padres, por citar un ejemplo, casi nunca asisten los de los alumnos categorizados  como problemáticos, tanto docente como socialmente.

En la comunidad hay una pasividad explícita o implícita. Nadie quiere buscarse problemas, mientras no sea afectado en carne propia. La ilustración del hecho puede ser infinita, desde no intermediar ante una riña o hacerse el ciego ante el maltrato de un bien público o propiedad social.

Seguiremos el tema. Todavía hay muchas preguntas sin respuestas. ¿Ellos o nosotros?