20090208161702-revolucion.jpg

Si cura, no importa lo amargo

Por Graciela Guerrero Garay

Todos, de una manera u otra, mostramos preocupación por el relajamiento – en épocas, visiblemente incrementado – de la disciplina social, el robo, el desvío de recursos, la mala atención en los servicios, la baja calidad de los productos y cuanto nos molesta de la puerta de casa hacia fuera.

Es lógico. Vivimos en sociedad y de ella nos nutrimos a diario. Sin embargo, aunque el debate público que generó la convocatoria de Raúl Castro arrojó un sinfín de inconformidades, sugerencias y perspectivas para mejorar, no somos tan críticos como parecemos, al menos en voz alta, en el instante preciso, que es lo que convoca a la solución inmediata o una respuesta comprometida.

Y también es lo que da moral para, de vuelta, exigir o tramitar “más arriba” la morosidad en resolver las dificultades. Muchos, quizás, están pensando “para qué, si todo sigue igual”. Se trata de esto, de acabar de una vez esa tolerancia que daña y aleja el perfeccionamiento social – tan necesario y beneficioso para todos -, con actitudes conformistas, silencio cómplice o indiferente apatía.

Hay algo cierto, existe una creciente indisciplina que simula una gigante aspiradora. Cada día “traga más ciudadanos” y alimenta la consabida verdad de que lo malo se pega. Pero la maléfica influencia tiene otros tentáculos tan o más peligrosos. Crea un germen mutilante y contaminado que, poco a poco, contagia a las jóvenes generaciones y puede deformar para siempre nuestra ética, identidad y valores históricos como nación y sociedad.

Nada de discursos de esquina. Es una sentencia comprobada. El mal que a tiempo no se le pone bozal, se riega, pega y expande como la verdolaga. La crítica a nuestros problemas no puede continuar como “un asunto de pasillo”. Hay que terminar definitivamente con esa imagen de que “si hablo, me marco”. Aquí no hay intocables. Si existen, lo dejamos vivir nosotros mismos.

Cero confusiones. Hablo de la crítica y el señalamiento sano, argumentado, objetivo. No ese vestido casi siempre de un hipercriticismo oportunista, demasiado “revolucionario” y bienhechor que, en el fondo, esconde a un extremista o sirve de trampolín para atacar a un compañero, simplemente porque nos cae mal, no existe empatía o sentimos una enfermiza adversión o envidia.

Tenemos que curarnos, aunque los tragos sean amargos. Cuando los grupos de inspección o las fuerzas del orden  exigen que no se violen los precios, vendan los debidamente autorizados, y se circule en la vía con las normas establecidas, resulta que mucha gente lo codifica y descodifica con una frase: “la cosa está mala”.

A la par, escuchas a esas mismas personas opiniones de todo tipo, con nada están conformes y de sus desgracias tiene la culpa el Estado. Nada ni nadie está bien. Cuidado con estos “juiciosos”. Tampoco son los que necesitamos.

Hace falta romper el papel del silencio, la conformidad mediocre e incompetente. Exigir que las metas se cumplan, sin fraudes, sin violar normas técnicas, adulterar gramajes ni aguar la leche. Alertar, aleccionar con el ejemplo, no con la lengua.

Calles, centros de trabajo, barrios, y el espacio que habitamos nos piden un poco más. Es la única manera de volver a aquellos tiempos donde primaban palabras mágicas de cortesía, el compañerismo sano, y en el que servir a los demás y al lugar en que nacimos era un orgullo sin manchas. Es hora de curarnos. Empecemos ya.