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Un clamor que no necesita lupa

“La mejor acción es la que procura la mayor felicidad al mayor número”. Hutchinson

Por Graciela Guerrero Garay

Nunca he creído que porque la gente viva en meridianos diferentes es distinta. Los humanos nacemos todos sin cigüeñas. No entiendo – quizás sea que me rebele justamente a eso- cómo tantos millones de seres en esta tierra se aferren a marcar las diferencias.

Buscando entre las fotos de mi archivo, cinco rostros de mujeres aparecen. Son las madres de los CINCO cubanos antiterroristas encarcelados, hace ya diez años, injusta y arbitrariamente en prisiones de Estados Unidos. El caso legal, quizás, más absurdo que haya recorrido el mundo en la última mitad del siglo XX.

Las condenas trasgreden el raciocinio. Las bases legales están contras las normas del Derecho. Las acusaciones son mentiras. Se ha probado que primó la soberbia de un grupo de gentes, incluidas las de alta jerarquía del Gobierno de Washington, que por dañar a Cuba y a los cubanos se saca los ojos, vende su alma al diablo y tira sus tripas al águila a cualquier precio.

Pero con todo, Gerardo, René, Ramón, Antonio y Fernando siguen prisioneros. Pocas son las personas serias del planeta – no precisamente de la “izquierda” como intentan calificarlas para desoír sus demandas – que no han levantado las manos a favor de que se haga justicia a estos hombres, cuya única culpa, digna culpa que quede clarísimo, ha sido defender a su Patria del terrorismo del imperialismo yanqui, del asedio a su tierra, de la decisión de sabotear la tranquilidad ciudadana, de poner bombas que maten a inocentes.

Claro, ese es el estilo de imponer la fuerza que tuvieron hasta aquí todas las administraciones de la Casa Blanca, fundamentalmente la del saliente presidente George Bush. Búsquese todas las muertes y los desaparecidos de las guerras en el Medio Oriente, en América Latina, dentro de los propios estados norteamericanos.

Y este señor con todo el cinismo a cuestas es capaz de acusar de terroristas a estos hombres y de avalarse el derecho de acreditar como democrático y justo al sistema judicial que dirigió hasta hace poco. Las fotos de estas madres que tengo delante de mí, encanecidas ya de tanta larga espera y punzante dolor, nunca las vio seguramente, como tampoco las de cientos de madres norteamericanas que perdieron sus hijos por sus ordenanzas y boletos libres para matar en cualquier lugar que le apetezca al poderoso acrecentar su poder.

La apelación ahora a la Corte Suprema de Estados Unidos – último recurso válido para el caso de los CINCO- puede salvar la honra de un país que se autoevalúa como el modelo del mundo, aunque jamás quitará las sombras ni las descaradas huellas que le acuñó para siempre al manejo judicial en su nación.

Ninguna de estas mujeres pide clemencia. Exigen justicia. Abogan porque sus hijos tengan lo que nunca debieron perder, la libertad de dar libertad de ser a sus hermanos de lucha, a los niños que podrían morir, a la sangre que podría bañar, sin razón alguna, las propias calles de Washington y Miami.

La verdad está sobre la mesa. No es la voz de Cuba la que se alza en pedestal. Es todo un movimiento de solidaridad que une multitudes en el planeta entero. Esperemos, creamos, que Barack Obama lea algo más que las indocumentadas pataletas del exilio y la mafia de Miami y que alguna vez haya tropezado con esta frase de Hutchinson, cuando dijo que “la mejor acción es la que procura la mayor felicidad al mayor número”. Es un clamor que no necesita lupa.