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Conocí a Petronila desde que era pequeña. Es una de esas mujeres que no esconden sus raíces humildes, casi analfabetas, pero con un corazón extraordinario que hace que una la prefiera a cualquier otro ser que pudiera tener algún título académico.

Nunca negaba sus campos, por allá por un pobladito semiurbano, semirural, llamado Becerra, como a unos siete kilómetros de la ciudad de Las Tunas.  La recuerdo con varias cestas de yarey en las manos, tocando de puerta en puerta, para vender sus canastos, que demostraban arte, fortaleza y utilidad para disímiles cosas en el hogar.

Siempre te regalaba un corrido mexicano, le salía del alma. Y en su humildad, apenas pedía un vaso de agua y te dejaba la promesa de una próxima visita. Así se hizo amiga de mi madre y, nosotros,  mis dos hermanos y yo, más de una vez cogimos un repelón de mediodía en sus brazos y al compás de esas canciones que ella imitaba como cualquier buen chaparrito de la tierra de Jalizco.

Luego, se apareció con unos moisés grandes, para bebé. Eran los años iniciales del período especial donde encontrar alguno de esos “industrializados y de pompa”  era tan difícil como buscar una aguja en el pajar. En mi barrio muchas gestantes les compramos, entre ellas yo, que esperaba a mi primer y único hijo.

Mi Lloansy durmió mil veces en el moisés de Petronila, y ella todavía no sabe cuanta verdad había en sus palabras al proponermelo:  con esto puedes poner al niño en cualquier lugar que estés de la casa, hasta en el suelo, y no se te cae. Es fuerte, mira. Gracias a ese moisés podía las más de las veces lavar sin traumas, pues me llevaba a mi inquieto bebé al patio y, mientras limpiaba aquellas interminables “tongas” de culeros, lo miraba y le entretenía.

Casi 21 años después, el moisés esta ahí, en la casa de mi mamá, sirviendo de “cuna” para un poco de cosas, en el cuartico de desahogo. Ahora que veo que mi colega le ha entrevistado a razón de ser premiada por la obra de la vida, no puedo sustraerme a reproducir su entrevista y reconocer ante el mundo que Petronila merece ese premio y mucho más.

Merece, por ser mujer, humilde y cubana, un lugar eterno en la memoria de cuantos la conocen. Su arte es ese don infinito e invisible que viene a distinguir la vida de algunos seres humanos.  Esta vez la justicia ha sido justa y, enhorabuena, le pagó en vida como para decirle, Petro, ganaste tu paraiso aquí en la tierra, disfrutálo pues. (Graciela Guerrero Garay)

 Señora Tejedora

Por Zucel de la Peña Mora

Foto: Cortesía Fondo de Bienes Culturales

Bastaron pocos minutos para entender que Petronila Escobar Mayo es una mujer  genuina, a quien los tragos amargos del destino no le han opacado el frescor de la alegría. En sus casi 80 años de edad ha construido un fortín de sencillez, desde donde contempla su andar, levantado paso a paso, sin regalías o préstamos de esfuerzos.

Las técnicas tradicionales de la tejeduría en fibras visten de largo entre las manos de esta fémina, quien atesora, en su corta estatura, una perseverancia de gigante. Para sus admiradores y amigos, la entrega a ella en diciembre último, durante la XII Feria Internacional de Artesanía, de uno de los lauros por la obra de la vida, es sencillamente: hacer justicia. 

Su madre la adentró en los secretos de este hacer. Confiesa no haberle hecho caso al principio, pero luego las carencias persistieron, la familia crecía y llegó el momento de retomar las lecciones. El oficio fue y es respaldo económico, pero también, motivación y orgullo.

Medio siglo lleva mi entrevistada creando las más variadas formas utilitarias o decorativas. Participó en la provincia en la fundación de la Asociación Cubana de Artesanos Artistas (ACAA), vio nacer el Fondo de Bienes Culturales y enseñó a tejer a muchas mujeres. Trabaja actualmente con el yarey y la cestería es el blanco de su ingenio. Hasta Chile ha ido con su talento y la Jornada Cucalambeana, festejos tradicionales de estos lares,  la sabe asistente fiel.

Su destreza manual se deja ayudar por la voz en el reto de expresar quién es Petronila, entonces, hallarla entonando un corrido mexicano, no es nada raro.

 “He dedicado mi existencia a la tradición, ese es el motivo por el que casi siempre ando con una cesta o un moisés,  mis objetos preferidos por guardarse en ellos las prendas del bebé.”, dice a 26 digital,  satisfecha de que los resultados de su maestría, formen parte de la historia primera de muchos tuneros.