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¿Posesión de cosas o atributo al hombre?

Por Graciela Guerrero Garay

Con dos dedos de frente, no podemos dudar que el hombre es un lobo. A tal manera llega la gula de “cosas” que, en una simple esquina, - sobre todo la de los buroes de los que ostentan el poder sobre los empleados, las corporaciones, los servicios y cuanto en este mundo de derechas jorobadas significa estar arriba de los que están abajo-, si no tienes el estatúo quo de los ricachones de turno, te están violando los derechos.

Esa es la técnica del consumismo, si no tienes, no vales. Y lo peor es que logran que casi la humanidad entera se lo crea. Entonces, si la historia se gesta en un país de izquierda, ahí es donde se ensaña la rabiosa joroba de la derecha. Hay violación de los derechos humanos. Con Cuba la guerra es peor, por ridícula y continua.

Y no es que una, como cubana, intente por algún compromiso de principios y convencimiento propio, estar de franco tirador sobre todo aquello que no se parezca a lo que uno cree. Es sencillamente, porque no es verdad. Y porque en materia de “derechos” aparecen tantos ideólogos de paso que, a la postre, lo único que han hecho es confundirles a casi todo el mundo el real valor de sus legítimos derechos.

La propaganda enemiga se encarga a diario de “tirar” una pizca de su maldad –disfrazada de caperucita siempre – en algún diario de importancia o entre lectores, radioescuchas o televidentes que lo que saben de Cuba es, justamente, toda la basura que a ellos les interesa que capten. Sin coma, ni puntos, ni apartes ni seguidos. Veneno total. Y te lo tienes que tomar porque lo decimos “nosotros”, la prensa libre, objetiva, veraz e imparcial. La otra, la alternativa, la oficial, la de izquierda, la cubana, no tiene libertad y dice lo que le mandan a poner.

Es tristemente célebre la situación. Pero, claro, tiene sus raíces. Cada día, cuando un hombre se levanta y echa a andar, es uno menos que tienen esos señores para servirse a la mesa. Y de algo tienen que vivir. Los derechos humanos son un bocadillo demasiado tentador y complejo. Por ahí hay que seguir cavando, es el pollo del arroz con pollo. Que maten inocentes, pueblos enteros, en el Medio Oriente, que en Haití se mueran de hambre y coman unas tortillas de tierra mineral, que las grandes empresas, multinacionales y corporaciones en Estados Unidos y Europa, en un solo día, anuncien el despido de 75 mil trabajadores, y miles de barbaries más que suceden por minuto, nada de esto, NADA, es violación de los derechos humanos.

En un país pequeño, donde se logra una infancia con instrucción y sanidad gratis, donde se paga por estudiar, donde las universidades son libres y uno cursa cuantas carreras pueda asumir, donde la gente camina lo mismo a las doce meridiano que a las tres de la madrugada por las calles como si fuera la sala de su casa, que no deja sin trabajo a nadie en ningún tiempo,  y que hasta los perros deambulan y ladran a su antojo en las principales avenidas y barriadas de cualquier lugar, no hay derechos humanos. La fiebre y la convulsión son porque se llama Cuba. Si se llamara Canka, tal vez hasta lo aplaudían, sobre todo en esa Comisión de Derechos Humanos donde se hacen gárgaras con las decisiones de la ONU y el porcentaje de países y naciones que votan por la Mayor de las Antillas.

Increíble que se desconozca de manera racional e imparcial lo que valemos los cubanos para nuestro gobierno. Solo el acoso por el acoso, el ataque a ultranza o el ensañamiento perverso pueden ignorar tales hechos. Y hay más argumentos, muchísimos. El único lugar del mundo – hasta ahora – donde el campesino analfabeto, semianalfabeto, sin nombre ni apellido de abolengo, accedió a la socialización, a cargos de dirección, a empleos competentes, a la universidad, como un proceso lógico del triunfo revolucionario, es Cuba.

Digo más. Los presos – esos que la prensa americana cita siempre como “rehenes” de la violación de los derechos humanos – reciben clases en las cárceles, tienen pabellones para hacer el amor, trabajan en  determinados lugares con apenas dos custodios de seguridad, tienen salas de atención médica en los hospitales, van de pase a sus casas según el comportamiento y hay muchos, incluso, que ni quieren salir porque allí tienen comida asegurada, reciben salarios y se sienten más bien que entre sus propios familiares.

Lo que sucede en verdad es que estos presidiarios no cuentan para los enemigos de la Isla. Los únicos que les importa son los llamados de “conciencia”. Esos que pretenden ellos se les tolere y premie por defender sus conductas contrarrevolucionarias. Es obvio. Le quitaron los pichones a la paloma. Por esos sí hacen cartas, piden entrevistas a altos niveles, forman el pataleo y acusan al país de violador de la libertad de expresión y de derechos humanos.

Es un cacareo demasiado manipulado para que huela a serio.   Lo mismo sucede con los de raza negra. Para mí es lo más ridículo y absurdo que puedo escuchar. Los negros en Cuba están en todas partes. Desde un alto ejecutivo hasta un uniformado custodio de una competente gerencia. En las escuelas, de igual a igual, ves los niños blancos sentados en la misma mesa escolar que los pardos, mulatos, indios y negros. En las calles van codo a codo con los demás. Y jamás la raza les ha quitado ni las oportunidades ni las facilidades de que disfrutamos los cubanos por igual.

Pongamos cada cosa en su lugar. Las pretensiones humanas de algunos no pueden ser los raseros para juzgar las naciones. Cuba no está exenta de problemas, objetivos y subjetivos. Puede, incluso, que haya más proyectos inacabados que perfectos. Pero, con todo, nada opaca ni minimizará jamás el valor real de los derechos humanos que tenemos. Aquí, “Don Nadie” es rey, porque sus hijos van a la escuela solos, sin miedos, pueden ser doctores hasta diplomáticos si tienen capacidad y aprovechan sus derechos. Nadie se muere porque traiga los bolsillos vacíos. Todos recibimos una cuota mínima de alimentos prácticamente gratis, al menos el arroz, los granos, la grasa y las proteínas no faltan.

Tiene trabajo todo el que quiere y se instruye en una profesión. No hay bombas ni terror en las calles. Al contrario, a veces resulta irreverente el derecho de hacer que se toman ciertas personas en las calles. Cada fin de semana hay fiestas populares y la policía interviene cuando sucede alguna riña, para preservar el orden y nada más.  Cualquiera canta, como los gallos, a cualquier hora y hasta te invita a tomar de la botella que trae en las manos.

Es como dice una vecina mía. ¡Mira que decir que en Cuba no hay derechos humanos, yo creo que hay demasiados derechos! Por eso es saludable, mucho para mí, que se anuncie que Cuba realizará su presentación ante el Grupo de Trabajo del Mecanismo de Examen Periódico Universal (EPU) del Consejo de Derechos Humanos,  el próximo 5 de febrero del 2009.

Ya es hora de que no seamos justamente los cubanos los que presentemos las cartas sobre la mesa a los descreídos. O mejor, a los que creen que la verdadera dicha del hombre está en pisotear la dignidad de los demás y no en repartir lo poco entre muchos y de igual a igual, como lo ha hecho Cuba desde medio siglo, con mucho amor, sacrificio y decoro. Y si fuera poco, hasta con magia, porque tampoco podemos ignorar que la revolución ganó con un pueblo analfabeto, campesino, sin urbanización ni cultura.

Solamente en un lugar donde todos participen con igualdad de derechos alcanzan 50 años para borrar tanta miseria concentrada. Y si no somos mejores, si no tenemos más, es bueno que les cuestionen a esos mismos señores del imperio que nos quieren arrebatar nuestros derechos.        

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