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Hoy no es el tristemente triste 15 de mayo. Tampoco la máquina del tiempo, ni con sus magias y sus fantasmas, ha podido volver al 2004. Todo ha seguido el paso agigantado del tiempo, imperdonable, irreversible, irreverente.

Quizás sean estos aires de frío que volvieron a cubrir la ciudad con sus lloviznas frescas. O los días que ya se van de enero buscando la florecida primavera. Tal vez ese libro que me saltó de golpe, entre el polvo enfermizo de mi librero y mis angustias por desaparecerlo y darle algún orden posible a tanta letra junta. O la mariposa retozona que trae Matarile en sus puntos suspensivos…

Puede que desde el cielo, tal vez, a lo mejor, me haya mandado una sonrisa. Lo cierto, lo inevitablemente cierto, es que hoy la memoria se me llenó de este hombre. Y me asaltaron las risas que compartimos al filo de una esquina. Los mutis de espera de un café en la cafetería de la Yumurí, las inquietudes y las promesas. Los amigos comunes o esa gorda, por suerte viva, que los dos queremos – porque se que la quiere todavía -, que es Mirtha Beatón y que extraño por estos días.

Lo que se y hago, es buscar las palabras que le dediqué aquel nefasto horario de su partida y creo no se publicó por ningún lado. El formalismo gana la más de las veces al sentimiento ingenuo, pero no importa. Cualquier retazo es cálido para entrever la luz. Y aquí va, mi querido amigo de las letras de sangre, este hipo de amor que te debemos. Tampoco importa si lo leen o no. Yo se que un ángel bueno te dará la sorpresa…y quién sabe, carajo, si dirás lo de siempre…la Garay, cómo anda...ya leí lo que dijiste esta semana.

Y una vez más, Guille, como siempre, te vuelvo a tomar las manos y las dejo conmigo un ratito. Era una de las maneras más ingenuas que encontré  para decirte lo que me honraba tu amistad y tu cariño. Quién dijo que estás muerto. La gente de verdad nunca se muere.

La mala idea de un adiós

Por Graciela Guerrero Garay

Ya te vas, como el último perseguido de los ángeles. Nos sorprendiste a todos, como tu basta obra, tu carácter, tu mirada, el modo de decir y de callar. Quizás ahora mismo, cuando tu entierro llena de dolor las calles que amaste y pintaste de azul, nos estás sonriendo en la próxima esquina o tratando de permutar esta casa.

Hemos perdido mucho con tu mala idea de morirte, Guillermo Vidal. Todos los que aman las letras, las palabras y el desenfrenado deseo de sumar las cuartillas se irán contigo de algún modo posible. Puede que sea porque justamente no te vas. ¿Y quién lo duda?

Más vale tararear el Matarile, esa novela sugerente que muy pocos, al principio, supieron leer de derecha a izquierda, y también viceversa. Pero para nada cambió tu pasión y el milagro de saberte nuestro y de la aldea.

¿Qué puedo decir ahora, si todo lo dijiste en el citadino embrujo de tus pasos de 51 años de fertilidad exclusiva? No voy a llenar espacios con tu historia, ni tus méritos, ni lo que hiciste ni dejaste pendiente. Que hemos perdido al más celebre escritor de estos tiempos tuneros, no es noticia. Que la vida es una zorra como las polluelas de tus cuentos, nadie lo cuestiona. Que hiciste de tu obra una colección para todos los tiempos, ya está escrito...

...Entonces, amigo, vamos a buscar al rocinante eterno del amo de las tumbas y cabalga... Vuelve a cabalgar, que este adiós es el principio de la más loca de tus travesuras. Y si lloramos, perdónanos. Es esa deuda pendiente que esconde el alma para los días cruciales. Es la excusa de quererte y extrañarte y no saber cómo decirtelo porque tú, Guillermo Vidal, has decidido jugar esta mañana de mayo al escondido.