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“Este es tuyo, enfermero...”

 

  • Sus palabras, ahora, no son el símbolo aparente de la vida o la metáfora sublime de un recuerdo... es la sabia misma que nos enseña, como su sonrisa, que en Cuba siempre habrá muchos Camilos

 

Por Graciela Guerrero Garay    

 

Me parece verlo todavía recopilando datos para que quedara el testimonio vivo. Quizás muchos pensaron que podría ser un atisbo del ego para resaltar su imagen. Quienes calaron hondo su alma, sus penas y sacrificios no les quedaban dudas de que lo hacia para salvar la historia de los hipos de la memoria del tiempo.

Unas veces ilegibles, otras con el temblor que sacudía sus manos y las más con la valentía de un hombre que siempre supo dónde y por qué quería estar, las letras del diario de Ramón Avelino Guerrero González me devuelven ahora paisajes de una Patria que solo conocí en libros de textos y que gracias a la elocuencia de los detalles de su minuciosa escritura, se me hace más tangible y vívida.

Tío Toto, como de pequeña aprendí a llamarle, supo trasmitirme desde la primera vez que llevaba en la sangre un peculiar espíritu, un arraigo demasiado profundo para las escaramuzas, por eso no vacilé jamás en dar crédito a las historias que me contaba del movimiento 26 de Julio ni tomé como un arranque senil sus ojos húmedos cuando hablaba de Camilo.

A priori comprendí porqué, entre tantos que pudieron merecerlo, el Comandante le había dicho, frente al grupo de rebeldes en Cauto del Paso,  “este es tuyo, enfermero”. Corría la primavera de abril de 1958 y en las manos de Avelino quedó el sombrero de paño gris que distinguía a uno de los hombres más singulares de la gesta independentista.

 

ESPOSA Y COMBATIENTE

 

Con la mirada fija en la foto que teje añoranzas entre sus manos, Blanca González Ramírez recuerda con nitidez aquellos cruciales momentos de la lucha y el encuentro con Camilo Cienfuegos. Más que esposa, fue compañera de batalla de Avelino y echó su suerte también en defender los ideales de los humildes, mancillados entonces por la dictadura de Fulgencio Batista.

“Cuando bajó Camilo de la Sierra Maestra –cuenta- para organizar la huelga de abril nosotros vivíamos en Cauto del Paso y teníamos allí una botica pequeña. Miguel Capote San Román era el jefe del Movimiento en la zona y ya teníamos contacto con él y nos dedicábamos a muchas actividades para apoyar la lucha.

“Recuerdo que Orlando Lara llegó primero que Camilo y estábamos una noche reunidos para organizar las tareas inmediatas del grupo y dar una información cuando un comerciante de Río Cauto le trajo un sombrero a Camilo. Era muy parecido a éste que conservó con mucho cariño Avelino y donó luego al Museo Provincial. Cuando Camilo se quita el sombrero para ponerse el nuevo que le regalaron,  mira a Avelino y le dice “y este es tuyo, enfermero”.

 

DONDE NO LLEGA LA MUERTE

 

Fue justamente ese afán de ser a toda costa lo que convirtió a tío Toto en boticario, enfermero y médico, título que le dio el propio Camilo cuando presenció cómo él extrajo del cráneo del combatiente Nené López, herido en el combate de La Estrella, un fragmento de metralla. Allí, en la casa de Miguel Capote, el 4 de mayo, alumbrado con una linterna negra que tenía Camilo, una vez más venció la tenacidad al miedo, la voluntad a la ignorancia, el valor a los riesgos. Y el abrazo del Comandante fueron tan fuertes como sus palabras: “desde hoy tiene el título de Médico”.

Nunca se lo tomó en serio como profesión. Para él lo único importante era salvar la vida de sus compañeros y ganar la guerra. Aún me parece verlo en su sillón, muy enfermo, y traslucir la emoción que le embargaba compilar los testimonios de sus hermanos de lucha. Asi, página a página, acabó su diario.

La oscuridad no pudo llegar donde está Camilo. Este sombrero suyo, que usó por mucho tiempo y con orgullo Avelino, le habla desde una urna de cristal del Museo Vicente García a muchas generaciones de un Comandante amigo, pero también inmortalizan la valentía de un hombre común, de origen campesino, que no tuvo otra universidad que las ideas que hacen cadenas interminables de buenos sentimientos.

Gracias a ellos, una vez más, por demostrarnos que aquí, a los blasones del alma, no puede llegar la muerte.