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Cacicaná, un indio noble

Por Graciela Guerrero Garay

Cuando el conquistador Alonso de Ojeda fue arrastrado por una tormenta a las costas del puerto de Jagua, en la actual provincia de Sancti Spíritus, su propósito de llegar a La Española sin dificultad se esfumó por arte de magia. Empezaba a vivir una pesadilla, sin imaginar que el contratiempo sería el primer paso de la fundación de la primera ermita de Las Tunas y la tercera de Cuba, " la tierra más hermosa que ojos humanos hayan visto", como la bautizara el genovés Cristóbal Colón al descubrirla en 1492, en la víspera del 31 de octubre.

Las ya gastadas embarcaciones de Ojeda lo obligaron a continuar la travesía por tierra, a lo largo de toda la costa sur. Su objetivo era llegar a la Punta de Maisí y continuar, desde allí, a La Española. Pero el camino era mucho más difícil y, poco a poco, sus 70 hombres quedaron sin vida entre los terrenos pantanosos, los dientes de las fieras y el azote de las enfermedades.

Sólo la imagen de la Virgen que traía en su mochila era el consuelo y prometió levantarle un templo en el primer pueblo en que pudiera salvarse. La aborigen comarca de Cueybá fue el elegido por la voluntad de la santa. Cacicaná, el jefe de la tribu que la poblaba, lo recibió como un dios y lo trató con una nobleza tan marcada que a los pocos días Ojeda y su diezmada tropa gozaban de buen ánimo y excelente salud.

El conquistador cumplió su promesa y levantó la ermita en un bohío de yagua y guano, adornada con paños de algodón. Desde ese día, el noble Cacicaná y sus hermanos indios veneraron a la imagen sagrada de la Virgen, le cantaron en su lengua y le bailaron sus tradicionales areitos.

Tres años después, el padre Fray Bartolomé de las Casas bautizaba a aquellos nuevos devotos de piel cobriza y bendijo a la Virgen María, por permitir que en tierra extraña fuera tan bien recibida. La natural inocencia de Cacicaná agradeció el gesto como otra muestra de alegría. Todavía Francisco de Morales no había cumplido la orden de Diego Velázquez de "españolizar" a la isla. Y en las cercanías de Cueybá la paz y las fiestas eran el buen signo de la conquista.

Tal milagro duró poco. La cruel lucha desbastó las aldeas y la ermita de la Virgen María se desdibujó ante el abandono y el dolor de los hombres y mujeres indias. Tuvieron que pasar muchos años para que aquella milagrosa ermita saliera del ruinoso estado de abandono en que quedó sumida por la guerra entre indios y españoles. La visita que hiciera el obispo de Cuba, Gerónimo Valdés Sierra, a la villa de Puerto Príncipe, hoy ciudad Camagüey, en el año 1707, facilitó que se le autorizara a Diego Clemente Rivero, dueño del hato, reconstruir el templo, que fue terminado dos años después bajo la advocación de San Gerónimo, en honor al santo patrón. Desde entonces, el partido pedáneo comenzó a llamarse así y desde entonces también las fiestas parroquiales fueron dedicadas a San Gerónimo.

Hoy, en el siglo XXI, aún cuando no está oficialmente acreditado el festejo popular más relevante del año, el carnaval tunero, con tal alegoría histórica, si son muchos los tuneros que le llaman de tal manera, fundamentalmente la generación que peina canas. En tanto, fieles de la Iglesia Católica si celebran misas para evocar al religioso.