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Los ángeles son enfermeros o ¡viceversa!

Por Graciela Guerrero Garay  Fotos: De la autora

Las Tunas.- Algunos no gustan de  esa mirada profunda y recta con la que  suelen acompañar los buenos días tempraneros en las salas de los hospitales, cada vez que asoma el amanecer entre el gélido silencio de los cubículos. Otros se incomodan cuando una vena “traviesa”  se resiste y la extracción, el suero o un medicamento intravenoso duele más. Al caer la noche, claudican y agradecen que, con sus modos y prácticas, son ángeles dispuestos a calmarles los entuertos del cuerpo y el alma.

Enfermeras y enfermeros. Pasos suaves, casi imperceptibles, que dejan en los no siempre mudos pasillos de  granito sus huellas, pensamientos, compromisos y cuanto llevan dentro como profesionales y humanos. Nadie sabe. Quizás ni eso notan las miradas furtivas que los envuelven  desde sus camas de ingresadas. Para los dolientes, al parecer, muchas veces, solo importa saberlos ahí, cual centinelas obedientes al primer llamado de “sus órdenes”. Es comprensible, un minuto puede simular un siglo. El miedo y el dolor son emociones demasiado fuertes para complacer a la paciencia. Los hospitales tienen la cara fea, a pesar de sus aires salvadores.

Se hacen los ciegos y devuelven ternura en momentos agridulces.  Es una percepción agradable que confirmo a medida que suman mis semanas en los pasillos del área de los Servicios de Ginecología, donde por más de un mes les veía entrar o salir del trabajo y casi me aprendo de memoria  los cambios de turno de la B- 2, primero, y la E- 2, después.

Poco a poco también, puse nombres en los rostros correctos… Liznet, Yanet, Yordanka, Lianet…, y ante la desmemoria y mis monólogos internos de agradecimiento les incrusté igual los míos… la bonita delgada; la trigueña agradable, la alta que no es tan joven… Ellas, las seños de la B- 2,  quienes con sus cuidados hacen caminos de amor en las embarazadas y esas familias que se las llevan bajo piel sin pedirles permiso ni que puedan evitarlo o se percaten.  Es tenso el trabajo en esta sala de atención especializada.

El tercer piso, Maternidad. El mismo silencio del hospital, las impaciencias.   Trajes blancos que vuelven una y otra vez sobre los pasillos interiores de las salas. Acompañan desvelos y aprietan sentimientos, cuando la impaciencia de los acompañantes se torna demasiado insistente y tienen que multiplicar tolerancias para cumplir los deberes del día, también largo para ellos.  

Hay mucha sensibilidad en estas mujeres y hombres que apostaron por la enfermería, aunque lo disimulen entre la prisa o  las “etiquetas” con las que suelen a veces marcarlos  por las necesarias  horas que invierten detrás de los escritorios, siempre llenos de historias clínicas y documentos médicos, sobre todo después de los horarios de visita de los especialistas. En la “E- 2” confirmo esa tenacidad a prueba de entrega y desafíos de quienes defienden las vida que acunan en sus vientres las embarazadas.

Manos que aprenden más allá del tacto. Preguntas sobresaturadas de  interés aunque parezcan llanas o innecesarias a  ciertos tipos de pacientes. Las hay de todos tipos, como diverso es el mundo. Y ellos ahí, con la misma imagen imperturbable, ética, tolerante, comprensiva… con cierto halo de metódica prudencia. ¡No sabrán de cuántas maneras se proyectan, sufren y son sus gestantes!  

 

Danni Bermúdez;  Taimy Fernández ; Lisandra Morell; Nelvis Collejo;   Yordania Urquiza; Daimi Rivero… cumplen sus ciclos de servicio. Temperatura, presión, foco, medicamentos… Alexander Macia;  Yamisleidys Leyva; Jessica Góngora, Yurisan Palacios; Lietis Reigada; Graciela Osorio  y Katia Leyva igual hacen su trabajo. Cada turno es la misma entrega y las rutinas pasan a ser relevantes. Neifer Esteben, la jefa de sala, y Anairis López, la secretaria,  no tienen menos trajín.

Pienso en ellos mientras la felicidad llena la casa y unas diminutas manitas de hombre se agarran con fuerza del índice de mamá, quien estrena cada segundo su mejor sonrisa. Y sí, caramba, las enfermeras y los enfermeros son ángeles y también viceversa. Cuando la noche cuaja y algún desvelo aviva los sentidos les imagino ahí, en aquellos semioscuros y gélidos pasillos… atentos, escribiendo en las hojas de vida de sus embarazadas, multiplicándose a sí mismos y dejando una gota de sus vidas con ellas. No importa cómo sean ni de donde vengan. Ellos, los de trajes blancos, están ahí como eternos médicos de guardia.