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Por Pablo Julio Gallardo García        Foto: Raúl  Addine 

El ataque al cuartelito de los Tigres de Masferrer, de Victoria de las Tunas, se planifica y desarrolla con la misma audacia que lo hicieran a los apostaderos de la Guardia Rural, sin temer al ejecutarlo contra una ciudad, a solo cinco kilómetros del Escuadrón No. 72, el que, unido a la Policía Nacional, era ocho veces superior a la pequeña columna que los enfrentaría, a primera hora de la noche del 15 de septiembre de 1958.

Al igual que en el resto de Oriente, los Tigres de Masferrer tuvieron desde el principio reclutas y adeptos, de cierta forma solapados en el Partido Unión Radical. En nuestro territorio cometen la mayoría de sus crímenes en septiembre, noviembre y diciembre de 1958.

Desde mucho antes, radicaban en un pequeño chalet al final de los incipientes repartos residenciales Santos y Buena Vista, surgidos a inicios de la década de 1950. La edificación ocupó la parcela No. 2 de la octava manzana del reparto Santos, frente a la carretera. A la izquierda, con avance desde Río Potrero (actualmente, avenida Camilo Cienfuegos No. 163, entre Marcelino Diéguez y Antonio Barrera).

El chalet se resguardó con sacos de arena en el medio portal y derredor de la placa, ni siquiera poseía cerca perimetral. En cambio, la ametralladora 30 emplazada en el techo les otorgaba un alto poder defensivo. En la manzana de atrás vivía Guillermo Rojas, jefe del cuartelito.

Los testimonios de Jorge Pérez González, fallecido el pasado 31 de octubre del 2018, y de Guido Parra Ortiz, miembro de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, posibilitaron enriquecer el desenlace de estos hechos.

Previamente, el grupo guerrillero dirigido por el teniente Concepción Rivero Feria, es instruido por el comandante Camilo Cienfuegos sobre la urgencia de efectuar acciones en su zona, en aquella etapa caracterizada por la pasividad.

Del campamento de La Concepción, en Majibacoa, sale un pelotón con el propósito de organizar el ataque desde Sitio Piedra, al norte de la ciudad. El traslado se realiza a caballo por los caminos principales, dejándose ver en los caseríos y viviendas campesinas del trayecto, pues desean atraer la atención del ejército para aliviar la presión sobre las columnas invasoras.

El día señalado, un grupo de 27 hombres se acerca al objetivo por el puente de Río Potrero. Antes, habían coordinado con Pepito Mastrapa y otros dirigentes de la clandestinidad y contaban con el apoyo del doctor Luis Fernández Vidal. Estaba previsto utilizar como casas cuartel dos viviendas cercanas y como transporte, la máquina de Cirilo Concepción, integrante de la célula de Sánchez.

Al parecer falló la comunicación, pues el jefe encomienda a cinco combatientes explorar la entrada a Las Tunas y apoderarse de un automóvil que siempre tenían parqueado en el portal de su casa, los doctores en farmacia Mercedes López y Joaquín Demestre, misión que cumplen sin dificultades.

Alcibíades Torres Rodríguez - miembro del M-26-7 y sancionado después del triunfo de la Revolución-, debía conseguir información en los alrededores del cuartelito y esperar en la caoba (hoy perteneciente a la fábrica de cerámica Brígida Zaldívar). Cuando la tropa llega a este punto, recibe la noticia de que el lugar está defendido por unos 15 o 20 masferreristas, importante hallazgo que se supone los incite a realizar nuevas indagaciones. Contrariamente, resuelven continuar.

El grupo comando, al que finalmente le asignan la tarea de trasladar las mochilas, lo integran Jorge Rodríguez Nápoles, como chofer, escogido porque plantea que sabe manejar; Juan Machado Machado, Tatá y Jorge Pérez González. 

En la casa de los Demestre finaliza el itinerario del pelotón. El grupo de Concepción Rivero, el que atacará por el frente, prosigue hasta la galletera de los Pérez. A los tripulantes de la máquina les orientan desviarse por la primera calle paralela, a la derecha, rebasar la línea y cumplir lo acordado.

Apenas la máquina toma por detrás de la fábrica de galletas y sobrepasa el cuartelito, un jeep masferreristas activa la persecución por la carretera. Ambos carros bajan en paralelo hacia el ferrocarril, viéndose mutuamente, por momentos. Una cuadra antes de la línea de Manatí, voltean a la izquierda por la calle Aquiles Espinosa, porque el final de la anterior está bloqueado por los guardias, síntoma de que la tiranía conoce del operativo.

Al arribar a la intercepción con la carretera, ya es inevitable el choque con el adversario. El chofer, con poca experiencia para manejar, se turba y apaga el carro a escasos metros de la vía. Al mismo tiempo, dos masferreristas se aproximan dispuestos a disparar. Tomando la iniciativa, Tatá les da el alto y abre fuego con su revólver, secundado por Jorge Pérez, quien hace lo mismo. A pocos pasos logran aniquilarlos.

Jorge Rodríguez Nápoles, todavía anonadado, no atina a poner en marcha la máquina, y cuando lo hace, sacudido por Jorge Pérez desde el asiento trasero, acelera y se agacha soltando el timón, por lo que provoca un salto, pierde el control sobre el vehículo y solo logra avanzar transversalmente hasta chocar con un poste en la esquina opuesta. En pocos minutos la balacera convierte en un infierno el interior del carro: una lluvia de cristales les cae encima, y al unísono, las balas repiquetean en los platos de aluminio guardados en el maletero.

El instinto y la buena suerte posibilitan que escapen del tiroteo. Inicialmente, Jorge Pérez González se baja y se parapeta delante de la máquina, y acto seguido, Juan y Jorge Rodríguez Nápoles, abren la puerta y salen corriendo hasta saltar la tapia del chalet de los Chimeno (padres). Mientras, Jorge Pérez, rezagado unos instantes, corre en zigzag en dirección a la línea por la calle Aquiles Espinosa, buscando el fondo del reparto Santos.

A Jorge Pérez lo persiguen tres masferreristas. Le disparan y conminan a rendirse. Aun así, les responde con las balas que le quedan en el revólver. Jadeante y desesperado, se esconde en un costado del chalet de Isaías Guerrero González, enfermero de la clínica Plasencia,  en la segunda cuadra respecto a la carretera. Encontrándose en total desventaja y a punto de ser descubierto, ocurre el milagro. Se sienten voces y un fuerte tiroteo que provienen del cuartelito. Por esta causa, los masferreristas abandonan la persecución.

Jorge Rodríguez Nápoles no corre la misma suerte, resulta el único mártir de esta arriesgada misión. Prácticamente sin conocimiento sobre Las Tunas, y tal vez herido, es capturado en los alrededores. Su cadáver aparece en la esquina de la carretera de Puerto Padre y la calle que hoy recuerda su nombre, aunque, el asesinato se produce dos cuadras más arriba, en la intercepción con la calle Eddy Martínez.

En la acción principal, las escuadras de Armando y de Uva se internan en el potrero sin apartarse mucho de la carretera. Cuando ya se acercan lo suficiente al cuartelito, el último grupo se aleja un poco, pues deben pasar por el fondo del chalet de Rojas para poder situarse en el extremo oeste. Por su parte, Concepción Rivero y sus hombres se mueven por el lateral derecho, arreglándoselas para salir a la carretera justo frente al objetivo. En dicha cuadra solamente existía una casita, dándoles la posibilidad de tenderse ocultos en la cuneta.

Tan pronto el jefe guerrillero efectúa el primer disparo, el fuego se generaliza entre ambos bandos. La rápida reacción del enemigo los lleva a deducir que los estaban esperando. El fuego cruzado se vuelve intenso por intervalos, ni siquiera la ametralladora peina en derredor. La parte rebelde tiene la desventaja de no utilizar medios explosivos ni granadas.

A mitad del tiroteo, la escuadra del frente logra eliminar el foco que ilumina un amplio sector, así como también silenciar la ametralladora, arma que a partir de este momento queda neutralizada. Matan a William Fajardo, masferreristas brabucón que vociferaba desde el techo. Cumplida esta parte, concentran el fuego contra las ventanas de madera, desconociendo su efectividad.

Armando Hechavarría, con su grupo, se muestra muy combativo por el flanco derecho. Fueron los que más se aproximaron a las paredes del enclave paramilitar. Por esta causa, Julio Fernández Gómez es el único herido rebelde en el tiroteo. En cambio, la escuadra de Uva Agüero no avanza lo suficiente, en parte, porque dispone de menos personal y, a su vez, recibe el fuego desde la casa del fondo.

Al darse cuenta que no lograrán tomar el cuartelito sin salvar la distancia, el combate no se prolonga. Media hora después se imparte la orden de retirada. En definitiva, perdieron el factor sorpresa. El enemigo, aunque cercado, está en condiciones de prolongar su defensa. Se marchan por el itinerario escogido. En pequeños grupos, la mayoría se retira por la zanja que corría detrás del cuartelito y se adentra en los potreros del fondo, para llegar al cruce de Las Margaritas. Sin nuevos incidentes, se alejan de la ciudad hacia Las Arenas, asentamiento en el que se reagrupa la mayor parte de la tropa. Dos días después, reanudan los sabotajes en su territorio habitual de operaciones.

La importancia de esta acción no descansa en su desenlace militar, sino, en desafiar a la dictadura a las puertas de una Capitanía y convertirse en la acción armada más relevante de esta ciudad, en la última etapa de la lucha insurreccional.

    (Miembro de la Unión Nacional de Historiadores de Cuba)