20180516025641-alberto-guerra-fotoweb.jpg

 

 

Por Graciela Guerrero Garay            Foto: Reynaldo López Peña

Mira a un punto indefinido de la sala de su apartamento, en uno de los edificios que la gente ubica “frente a la Universidad”.  Es domingo de primavera y a esa hora de la tarde la avenida Carlos J. Finlay, de esta ciudad, no tiene mucho tráfico, empero la gente sortea los charcos del camino y va, mientras este hombre desdobla sus recuerdos.

Mucho tiene que contar. En cambio, vive su historia como si no hubiese pasado tanto tiempo. La pasión le desborda los ojos y trae de vuelta al gallardo muchacho recién salido del servicio militar. Eran los primeros meses del año 1975. Ganó allí el carné de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), y comienza a trabajar de manera voluntaria en la dirección territorial de Cultura. Sin saberlo, “algo” gestaba su entrada definitiva al movimiento obrero en Las Tunas.

“Rafael Urbino Santoya era el director. Empecé directamente con la compañera Loraine Villamar Rodríguez y un día se recibió la visita de Rafael Leyva Velázquez, quien era miembro del Secretariado de la CTC en el territorio y buscaba a un joven para que atendiera en esta organización una actividad concreta. Loraine le habló de mí. Me entrevistó, y me dijo que si podía incorporarme. Al día siguiente, ya era funcionario de la CTC territorial.  

“Empecé a atender a los trabajadores aficionados. En aquella época había un movimiento bastante fuerte en Las Tunas, y también atendía a las comisiones sindicales juveniles que habían surgido como un elemento nuevo, en la estructura de la Central de Trabajadores. No éramos provincia todavía.

“Félix Nápoles Tamayo era el Secretario General, que vino con un grupo de cuadros de La Habana, que trajo Armando Hart cuando él estuvo en Amancio, que de paso recuerdo fundó Radio Maboas. En el 73 habíamos salido del XIII Congreso, llamado histórico porque tuvo la peculiaridad de unificar al movimiento sindical. Desde el triunfo de la Revolución hasta esa fecha, los sindicatos pasaron por estructuras diferentes, fueron comisiones de trabajo por sectores, fue un proceso complejo que culminó con ese Congreso, donde Lázaro Peña fue el organizador, aunque apenas pudo terminarlo por su estado de salud”.

La voz de Alberto Guerra Álvarez  no da margen al olvido, en la medida que desgrana palmo a palmo la fértil historia de la Central de Trabajadores de Cuba en estas tierras, donde es memoria exacta de emociones, cambios, desarrollo y vivencias personales como dirigente durante décadas del gremio tunero, una suerte de novia para él desde la adolescencia.

“Salió electo el compañero Roberto Veiga Menéndez para dirigir la CTC en el país. Eran tiempos altamente comprometidos para los dirigentes sindicales, se trabajaba con mucho amor. No estoy comparando para nada, pero en aquellas décadas casi todos andábamos a pie, mucha austeridad. Para visitar, por ejemplo, el cine de Amancio había que irse a quedar allá y a veces dormíamos en casa de un compañero. Era difícil llegar a cualquier lugar distante, como al Puerto de Manatí y otros.

“Después pasé un curso con los soviéticos sobre organización científica del trabajo y me promovieron para la esfera de organización del trabajo y salarios, con el compañero Gil Moreno Pudia. Ya en 1976 surge la provincia y dejamos la subordinación con Santiago de Cuba, donde se hacían las reuniones y actividades fundamentales. En esta época cursé allí la escuela provincial de la CTC.

“En la zafra habitualmente nos movilizábamos por varios días, por semanas y, en ocasiones, durante media zafra. Recuerdo que siendo funcionario me nombraron jefe del Batallón de la CTC, que radicaba en Jobabo, y terminamos en esa ocasión en Guiteras, en un campamento cerca de Vázquez. Lo hacíamos con tremendo entusiasmo, dedicación, es la verdad. Eran tiempos muy bonitos, la CTC desarrollaba actividades muy importantes como la batalla por el sexto y novenos grados, muy decisivas para el crecimiento intelectual y cultural de los trabajadores”.

Es inquietamente noble este hombre que parece guardar en su pausada y segura voz todos los gestos posibles, devenidos abrazos al entrar por la puerta sus dos hijos y cuatro nietos. O cuando Mary, su amor eterno e imprescindible, llega a casa bien cansada después de una intensa jornada frente al aula, en el seminternado Rafael Martínez Martínez.

Siempre les reserva una “sorpresita”, la cual muchas veces él mismo prepara en la cocina donde le gusta hacer e innovar. Espíritu de “grandes” que no ha faltado jamás en su vida y que bien le conocen sus compañeros de trabajo, subordinados, amigos venezolanos, alumnos…

Alberto es así, profundo y consejero, responsable incansable, enamorado del trabajo y la perfección, aunque prefiere no hablar de sí mismo y reduce casi a cero su basta entrega al movimiento obrero en Las Tunas, una historia que piensa hay que escribir y, en ese sentido, investigó y compila una documentación valiosa.

Retomamos la charla. Todavía es un bisoño que necesita tocar los problemas con las manos, compartir con sus trabajadores. La oficina es demasiado cuadrada para su temperamento.

“El movimiento sindical le daba a la zafra un apoyo superimportante.  A los trabajadores permanentes, al sindicato azucarero, a las brigadas. Se hicieron incontables chequeos emulativos, sobre todo en Jobabo a donde se llevaban muchos movilizados. Tenemos fotos del hoy Parque 26 de Julio, en la Feria. Allí estaba el parque de la Emulación, con astas para todos los sindicatos y municipios, además de urnas o vitrinas para certificados, gallardetes, medallas que se les entregaban a los afiliados y las organizaciones.

“También era fuerte la lucha porque se cumplieran los derechos de los obreros, y en asuntos sociales y de los salarios había una relación muy estrecha con el Ministerio de Trabajo y la preparación sistemática de los cuadros, que garantizaba una participación muy activa en todas las esferas de la vida de la provincia.”

HUELLAS

Conversador, sin dudas. Puede que más de lo que su impronta simule en un encuentro anónimo, donde seguro tomará partido si algún niño o joven necesita un consejo o temas como la historia, la filosofía o la cotidianidad tiendan puentes coloquiales en esos sitios comunes que, desde bien temprano, dibujan el día de cualquier tunero.

Por eso saborea los recuerdos de su estancia en la antigua Unión Soviética, en aquella visita de seis meses en 1977 para un intercambio en materias económicas. O el recorrido por Polonia, en el 85, como parte de la Brigada Juvenil Carlos Roloff, un contingente de 150 jóvenes cubanos que llegaron al hermano país para socializar, mientras una cifra similar de pares polacos vino a la isla y la transitaba en caravana desde oriente a occidente, y viceversa.

Las experiencias traídas de Francia, a donde fue con un grupo de cuadros sindicales a reciprocar  líneas de trabajo y acciones mutuas, sirvieron igual para fortalecer su entrega desmedida a la CTC. De ahí a Moscú, para estar entre los invitados del 26 Congreso de los Sindicatos Soviéticos.

A nadie extrañó, entonces, que aquel jovencito recién salido del servicio militar, estuviera entre quienes ocuparon distintas responsabilidades, durante 18 años consecutivos, en la dirección del movimiento obrero en Las Tunas.

LA ETERNA NOVIA

Con sombrero de yarey, entre las cañas de Jobabo, le traen la noticia de que fue electo Secretario General del Sindicato de Cultura, en 1980. “Ya estaba unido a este gremio, cuando atendí a los aficionados. Había un programa radial, “Noche de Aficionados”, y se organizaban muchas actividades nocturnas. Creo esto posibilitó mi elección. Este sindicato lo fundó el prestigioso Armando Tarín Zayas, un tunero a quien quisimos mucho, y tuve el honor de sustituirlo cuando lo liberan”, recuerda.

Tras un quinquenio de intensa labor entre músicos, la Biblioteca, el Cine, Propaganda y los trabajadores del sector para apoyar la Agricultura y la zafra, en el 85 asciende a segundo secretario de la CTC en la provincia, donde también ocupa el cargo de Secretario General, desde 1988 hasta 1992.

Nombres con un protagonismo relevante en el sindicalismo territorial como Juan Diéguez Almaguer y Rodolfo Jiménez (Popi) – quienes dirigieron por décadas la organización obrera- les sirven de guía al Alberto de 35 años “para aplicar lo que aprendimos, también de valiosos maestros como Nápoles,  Andrés Castellano, René Vásquez, Norge Toranzo,  Antonio Borrego, Walter Téllez y varios dirigentes que nos enseñaron a los jóvenes cuadros cómo debíamos ser para representar, en esa época, a los trabajadores”, rememora.

Para entonces – puntualiza- varios sindicatos habían ganado la sede de los actos nacionales y, en esta etapa, se suman otros, lo que evidencia que hay un fortalecimiento del trabajo sindical. Hay una anécdota de Simeón, un cuadro nuestro, que fue al extranjero y lo único que compró fue un altoparlante y se iba a los campos de caña, con el equipito, a felicitar y saludar la gente. Yo nunca lo olvido. Sacrificábamos muchas cosas, pero también los convenios del CAME daban una tranquilidad enorme a la familia, y uno se movilizaba sin preocupaciones.  

Amores eternos por el movimiento obrero, como una novia imprescindible, que hacen de Alberto Guerra un colaborador con huellas en Venezuela. Un profesor de la Universidad de Las Tunas respetado y donde, también, fue dirigente sindical hasta hace poco. Un tunero de cepa fuerte que anida sueños ante el XXI Congreso de la CTC,- previsto para enero del 2019-, “pues la vida sindical es mi propia vida”.