20180407023012-montajemusababy.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay         Fotos: De la Autora

Alucinada por los gatos, le digo siempre al bajarla para que haga sus “Popos”, sobre todo cuando en altas horas de la noche, le vienen los deseos. El ritual de aviso es inevitable: vueltas y vueltas y esas jerigonzas que sobrevuelan a la criptolalia, para decirme de sus apuros.

Ah, Baby no es una perra casi parlante nada más. Es una Husky Siberiana grande y fuerte que ronda las 54 libras,y puro arquetipo de su ADN milenario: corredora por excelencia, sin frenos ni obediencia; al menos con mis órdenes y gritos se hace gárgaras. De la familia, quien solo puede darse el lujo de bajarla sin collar es mi hijo.

A esta parte de la historia, todo se complica para “mamá”: la oscuridad de la escalera, el vivir en un tercer piso, la noche y los gatos… sí, porque ella casi no puede controlar su esfínter, pero no olvida a los gatos ni a las escapadas para caerles atrás. Con un ojo azul y otro ámbar, traga las sombras y el mínimo movimiento de cualquier cosa... un árbol, un papel, un ruido… Alerta, comienza su “alucinado” vértigo.

Regresa, pues, mi inolvidable Musa, un hito prendido en la memoria… mi felino superinteligente y meloso, que murió debajo de las ruedas de un carro, en la avenida, una noche en que no estaba en casa y escapó por la rendija de la puerta. No tenía costumbre de salir. A veces, en esos recuerdos agradables y tristes que me lo devuelven a diario, siento que iba a buscarme, pues lo atropellaron frente al edificio, al borde de la acera. Yo venía en camino, a menos de cinco metros del lugar.

Después llegó Baby. No imagino cómo sería la vida con Musa en los 16 metros cuadrados de la sala. ¿Se llevarían bien? ¿Perdería el vértigo y sus alucinados desmanes gatunos? No sé. Me agarro de la omnipresencia de mi mandarinoso, tiro bien fuerte la cadena de la inquieta peluda que me arrastra y rezo para que no aparezca ninguno por los entornos.

Diez o quince minutos pueden ser eternos, como la nostalgia desplomada ante la foto de Musa, cuando, hurgando en mis archivos, estaba ahí. Baby duerme, dormilona. La tarde se va y la noche todavía espera, por suerte.