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Tres decanos del periodismo tunero recibieron el Premio a la Obra de la Vida

Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: Reynaldo López Peña

Fue un día bonito, sencillamente de todos, porque es difícil desligar una fecha, el homenaje, con el diario compartir entre las tensiones inherentes al trabajo de nuestras redacciones. Fueron más que aplausos a los colegas y amigos reconocidos, para ser esencias de esa magia solidaria que durante años, en el algún momento de nuestras vidas, nos cobijó en una cobertura, lejos de casa, de madrugada, en los amanezcos o altas horas de la noche.

Nuestra profesión tiene eso, es complicada, pero nos ata los uno a los otros, amén de que empáticamente quizás pueda funcionar mejor, incluso hasta en el plano personal. Entonces, Marzo, con su Jornada de la Prensa, el camino trazado por José Martí en Patria – inspirador de la efeméride – y estos encuentros – re-encuentros con todos, fortalecen nostalgias y alegrías.

Por Las Tunas, mi bonito Balcón de la esperanza, vimos premiar a quienes nos tendieron las manos cuando apenas iniciábamos el camino, y nos reímos de vernos con los años a cuestas,  volvernos a abrazar después de años de aparente olvido. También sentimos  crecer a quienes tutoramos u orgullecimos que integraran la plantilla del periódico, la radio o la televisión.

Tampoco faltó la omnipresencia de la familia, sin la que poco podemos hacer, sobre todo las mujeres que apostamos por estudiar una carrera contra el tiempo, con horario de salida sin saber los regresos. Alguna vez  habrá que dejarles el justo lugar entre los reconocimientos porque no solo es mamá-papá, sino esposas –esposos e hijos, los mayores sacrificados siempre y lo más besados cuando duermen, sin enterarse siquiera.

En fin, el periodismo cubano vuelve otra vez en marzo a regalar retos y urgencias, pero también a demostrar cuánto se ha hecho con casi nada de recursos, bajos salarios, más a merced del carro ajeno o a pie, con canas en cualquier parte y renovadas plumas, rostros jóvenes que inspiran y  no dejan que los viejos perdamos los bríos.

Esta grandilocuencia es quijotesca, por eso yo ni ninguno de mis colegas dejamos de amar esa cuerda floja donde escribir es un parto especial, un éxtasis creativo y un amor de esos que no tiene competencia, aunque nos den cocotazos, nos mutilen cuartillas, nos ajusten un espacio que requiere de magos para apretar, sea en papel, minutos radiales o tiempo de cámara, lo que deseamos decir o dejar contar a quienes de verdad son el eje central de la noticia, la gente, la vida, la sociedad.

Y como los regalos están permitidos, a mis hermanos de plumas de esta tierra hermosa más allá de mi Balcón Oriental, a los cerquitica y los más lejos, un abrazo. No hay nada más energizante que un abrazo, en tiempos donde la prisa apenas deja tomarnos un respirón de café fuerte y una conversación sin tiempo.