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Por Graciela Guerrero Garay       Fotos: De la Autora

Heme aquí mirando a mi mascota, en un enero que se estrena gris, frío y lluvioso en mi Balcón de Oriente. De verdad quiero pintarme un sol, las alergias ambientales me están pasando la cuenta.

Baby, como se llama mi husky siberiana de 3 años, está calentita. Su pelaje al estilo tercipelo está divino para acurrucarse con ella, pero no sube a la cama aunque una le pida, desde pequeñita la eduqué así: sitio minado, aunque alguna que otra vez, cuando se queda sola y olvido cerrar los cuartos, parece borrar sus hábitos educativos y ¡zas!...la huella es evidente.

Le tomé este video y algunas fotos...es parte de mi vida, de mis alientos espirituales, de mi compañía y confidencias.

Hace poco la tuve bien malita y creí moría con ella, pero gracias a Dios tuve luz divina para prestarle los acertados cuidados de urgencia y la saqué del peligro. Después la llevé a otras manos prodigiosas, la de la doctora veterinaria Nilvia Baéz, quien se encargó del resto y soportó paciente todas mis constantes llamadas telefónicas y mi desespero.

Pero igual le agradezco a Pastor, a Melchor, a Yandel...Las Tunas tiene la suerte de tener grandes médicos que aman los animales y, a pesar de las pocas condiciones que tienen las clínicas veterinarias para estos amigos de compañía, nuestras mascotas, y lo difícil que resulta trasladarlos hacía las mismas cuando son grandes como mi Baby y no pueden caminar ni cortas ni largas distancias, ellos se vuelven magos de la preocupación por salvarlos y luchan junto a sus dueños con lo mejor que tienen y nunca les falta: amor por su profesión.

Ya mi Baby está bien...y se me antojó saldar esta deuda, en un día jueves que todavía saboreo la victoria de los Leñadores, la frialdad me tiene como para no escribir temas más sobrios y la miro ahí, junto a la puerta, dormilona como es pero sana y agradecida.