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Por Graciela Guerrero Garay       Foto: WEB

Nunca lo mataron, solo le anestesiaron la carne con las balas, me dice el viejo que arregla sombrillas en la esquina del mercado. Jorgito cuenta que le gustan los retratos, cuando la “tía” de preescolar lee su historia. Nadie sabe a ciencia cierta cuántas veces su imagen la han reproducido desde que el 8 de octubre de 1967 se corrió la noticia de la muerte.

Che Guevara no dejó su espíritu en La Higuera ni descansa en el Mausoleo de Santa Clara. Está en el corazón de la tierra y respira con millones de personas en los puntos cardinales del planeta. Lo sientes cuando te mezclas con la gente por las calles de esta ciudad o de otras tantas. Los pueblos lo levantan y hacen santuarios en su nombre. Piden pan y la paz que lo convirtieron en el Guerrillero de América.

Poco después del mediodía, hace 50 años atrás, nadie podía creerlo, pero él lo sabía. Desde que entraron el 26 de septiembre al caserío de La Higuera y encontraron únicamente a mujeres y niños, comprendió que todo sería muy difícil. Los rangers bolivianos, entrenados por asesores militares del ejército estadounidense, se sumaron a la persecución. Ya habían muerto los primeros  hombres y desertado otros.

Con dieciséis sobrevivientes trata de escapar y busca las montañas más altas, donde logran esconderse por 72 horas. El siete de octubre hizo la última anotación en su diario: “…Salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos, que no tiene casas cerca…El ejército dio una rara información sobre la presencia de 250 hombres en Serrano, para impedir el paso de los cercados en número de 37 dando la zona de nuestro refugio entre el río Acero y el Oro…”

Durante el descenso por la Quebrada del Yuro, el día ocho, fueron sorprendidos por los rangers y luego de tres horas de combate, al Che lo hieren en la pierna y lo capturan junto al boliviano Simeón Cuba (Willy). Mueren tres de sus hombres y traen prisionero a Juan Pablo Chang. Por toda Bolivia corren los ladridos de luto. El médico argentino fue ultimado en la escuelita de La Higuera, aunque el gobierno de Bolivia difundió que había caído en combate.

Por orden expresa del presidente René Barrientos, sobre la 1:30 de la tarde, una ráfaga pequeña cumplió la fatídica orden. ¡Lo asesinaron! Desde la madrugada del nueve de octubre llegaron en helicóptero a La Higuera el coronel Joaquín Zenteno y el agente de la CIA Félix Rodríguez. El sargento Mario Terán le dispara con la ametralladora debajo de la cabeza para enmascarar el crimen e, intencionadamente, apoyar la falsa noticia que dijeron.

En 1977, en una entrevista para la revista Paris Match, el mismo Terán confiesa que dudó 40 minutos en ejecutarla y fue a ver al coronel con la esperanza de que la hubieran anulado. No fue así y al regresar, encuentra al Che sentado en un banco, quien le dice que había venido a matarlo. No se atrevía a disparar, y lo vio grande, enorme, con un brillo intenso en los ojos. Entonces le escuchó decir: “¡Póngase sereno, y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!

Lo hizo, pero solo le anestesió la carne con las balas, como dice el viejo que arregla sombrillas en la esquina del mercado. En el lavadero del hospital Nuestro Señor de Malta, en Vallegrande, donde exhibieron su cuerpo, la multitud fue a encontrarlo. Tenía los ojos abiertos y dicen que se parecía a Jesucristo, y las mujeres les cortaron el cabello para guardarlo como talismán.

No importa que escondieran el cadáver ni que muchos intenten todavía solo ver las manchas en el sol de su vida. Che Guevara está por todas partes. Sus huellas son cordilleras en América y fe en los amaneceres. Su famoso Mensaje a los Pueblos del Mundo, leído en la Tricontinental el 16 de abril de 1967, retoma a José Martí de manera precisa: “es la hora de los hornos y no se ha de ver más que la luz”. El mito sobrevuela la muerte.