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Por Graciela Guerrero Garay  

Compartimos juntos hace 39 años con esa placentera carga de recuerdos desvelados, inquietos, responsables, ansiosos, estresantes, familiares, comprometidos… Una divina mezcla de edades y generaciones donde se funden experiencias e ímpetus galopantes, como un tren de sensatas locuras con el que pudiera compararse la redacción de un periódico.

Otra vez me repito que en asuntos de poesías y canciones, Carlos Gardel no estuvo equivocado: veinte años no es nada. Sin embargo, acuñar su sentencia puede silenciar los momentos, digo yo, más relevantes del entonces diario 26 de Las Tunas, el cual nació a golpe de linotipo y pintando rojinegro cada noticia entre el ruido y las vueltas infinitas de la rotativa, un “aparato” enorme de tecnología rusa que tragaba unas bobinas de papel gigantes.

Estábamos en la  céntrica e histórica Calle Colón donde radican ahora los estudios de Radio Victoria, en pleno corazón de la ciudad. Era todo diferente, con nuestras viejas máquinas de escribir, el cuarto oscuro de fotografía, el diarismo de los corresponsales, aquellos cierres hasta el amanecer… toda una tortura hermosa e imposible de resumir en dos o tres cuartillas… Ay, las cuartillas, esas otras iban a montones a los cestos de basura al menor error. Hoy una teclita y un clic/delete resuelven el tema. Antes era muy diferente. Nadie de quienes peinan canas lo olvidan. Apuesto.

Lo  único que no cambiará jamás es el amor a esta profesión de alto riesgo, pocas gratitudes y esclavitud total. Es un “pegaperiodismo”  que todavía yo y otros adictos les buscamos el origen genético. Para suerte nuestra, 26 de Las Tunas hizo algún pacto con la pertenencia y tenemos el orgullo de ser un colectivo estable y persistente y, por demás, con un mismo director hace casi también 39 años pues, desde la década de los 80 inició como Jefe de Información y de aquellos tiempos acá Luis Ramiro Segura ha sido nuestro timonel.

Apretar tantos saltos de todo lo posible en una labor calificada por más de un experto de andar sobre una cuerda floja, no es fácil. Desde lo humano y profesional quizás lo más profundo sea llenar aquellas páginas con lo más mínimo que sucediera en cualquier parte, esperar por el revelado de las fotos, hacer letra a letra en plomo ardiente, calcular las picas, armar la matriz… y hasta buscar la aprobación del material si era necesario. En este proceso que casi siempre besaba a la luna, aunque nosotros ni nos percatáramos, estaba la otra cara de la moneda… la familia.

No ha quedado hijo o cónyuge que al menos una vez dormitara en el sillón de una oficina a la espera de alguno de nosotros para volver a casa. No se salvan, ni incluso ahora que tenemos ADSL y computadoras en el hogar y con un email se atempera una urgencia editorial. La redacción es un imán y el trabajo en equipo y en cadena, ni la web 2.0 no las quita de encima. El parto se hace ahí y ahí es donde se puede respirar y decir ¡se acabó el cierre! Mentira, nos vamos con la sopa de letras en la cabeza y aquello de si se fue una errata… pregúntenle a los correctores.

En fin, la historia es larga, largamente feliz al final de todo. Con la versión digital no son menos las tensiones, las horas de trabajo, los cocotazos y las satisfacciones. No puedo apretarlo todo, el espacio y la síntesis son dos reglas inviolables. Lo que sí quiero que sepan que 26, ese rectángulo de papel (¿o será un cuadrado?) que circula los viernes y se esfuma en pocas horas de los estanquillos va camino a los 40 con la misma fuerza de antaño.

Somos los mismos enamorados de siempre. Locos “viejos” y “nuevos” que se aprietan los sueños y aunque decimos que estamos obstinados y cansados de buscarle el pollo al arroz con pollo, seguimos con el “pegaperiodismo” a cuesta, a pie, con agendas improvisadas, con los celulares sin 3G, recargándolos con los kilos que no alcanzan y ahí, bailando con amor los 39, detrás de la noticia, fajaos con las tecnologías y siendo periodistas, una profesión que no sabemos en qué parte del genoma la tenemos, pero de que la tenemos, la tenemos. Y que nadie, por favor, me hable de redundancia. 26 es 26 y lo llevamos en sangre. ¿Dónde si no…?