20170616061052-5827-maceo-che.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay         Foto: Web

Van unidos desde siempre, la diferencia del tiempo es el natural rejuego de la vida. En ellos tampoco funciona la casualidad. De hecho, no existe. Cacha, una longeva que le gustaba la historia y nunca creyó en las coincidencias, aseguraba que el Che era un reencarnado y vino a la tierra con espíritu de grandes. Lo decía con tanta vehemencia en su sana locura que, a veces, fue la explicación lógica de muchos citadinos para considerarlo un Dios en América Latina.

Antonio Maceo Grajales, el hijo de Mariana, la mambisa cubana que le dio a la independencia los frutos de su vientre, llegó al mundo un mismo 14 de junio, pero de 1845 en Santiago de Cuba. El otro alumbramiento promisorio sucedió en Rosario, Argentina, en 1928. Distancias cronológicas. Anhelos y destinos casi iguales, distintos quizás por el contexto objetivo de la existencia misma.

Sin embargo, con todo, las causas a las que entregaron sus pasiones son idénticas y hoy, siglos después, vuelven a unirlos los almanaques, la leyenda, la geopolítica, la historia y el corazón de muchas generaciones humanas.

Se puede escribir con similar notoriedad cada nuevo aniversario – esta vez 89 del Guerrillero Heroico y 172 del Titán de Bronce –. Las razones están de pie y fortalecen la convergencia de ideas y el lugar que ganaron en la historia. En América Latina la guerra por acabar las injusticias sociales y ofrecer  educación y salud gratuitas a los humildes continúa como un reclamo permanente de los pueblos. Por estos sueños de libertad y mejoramiento humano lucharon y murieron Maceo y Che.

Un pedestal desde el homenaje merecido y justo levantan, cada 14 de junio, los cubanos. A tarjas, monumentos, estatuas, plazas  y mausoleos van las flores a golpe de gratitud. Los poemas cuentan de las pasiones guerrilleras de ambos. Se narra cómo, aunque nacieron ochenta y tres años distantes el uno del otro, Antonio, por las circunstancias del exilio, recorre varias naciones de América. Mientras Ernesto declara, al despedirse de Fidel Castro, “otras tierras reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”.

Convergencias reales, brotadas de la valentía y el amor a las raíces y la libertad. La casualidad no existe. Puede, como dice el buen presagio de la vieja Cacha, que el Che sea un espíritu encarnado y por eso la historia se repite y une. Lo que sabemos los cubanos es que van de manos como un himno.

Un himno vestido de mambí y guerrillero. Una fuerza legendaria y causal. Ambos, en su entrega a la independencia de la Patria, protagonizaron la invasión de Oriente a Occidente, y fueron jefes estrategas, inquietos por saber las preocupaciones y sueños de los soldados bajo su mando. No hay casualidad. No es simple coincidencia. Son dos hombres, casi un siglo de por medio, con la misma estrella. Dos grandes, abrazados siempre sobre la historia de Cuba.

En este homenaje que se multiplica por la isla, de oriente a occidente y viceversa, anda la sonrisa de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y pueblo. Es la continuidad de sus memorias. La longeva Cacha está ahí para mirarlo y contarlo. Los templarios están vivos.