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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: De la Autora

El almanaque no le quita ímpetu a esta mujer. Busca en sus manos las huellas de los partos y no tiene idea de cuántos hizo con apenas 20 años por las lomas y hospitales rurales de Holguín, en la lejana década de los 60 del pasado siglo. Madres – comadronas como la negra de Mateo Sánchez hay varias en Cuba. Su historia quizás se parezca a otras, pero esta es la suya.  

“Mi palabra mágica fue Revolución. Casi nadie quiere creerme que cuando tenía 11 años, como mi nieta, un duro frío costaba un kilo y yo no podía comprarlo. Negra y pobre en aquellos tiempos era una combinación rara, una doble maldición. Era la tercera de once hermanos, en medio del monte, pero mi madre lavaba y lavaba porque no quería que fuéramos brutos. Por ella, caminábamos cinco kilómetros, con el fango a media pierna, para ir a la escuela”. Suspira y aprieta los dedos.  

“Nací en Mateo Sánchez,  por Mayarí, un campo de Mayarí. Yo quería estudiar, me gustaba. Mi padre no quería. Mamá, sí. Me fui para Mayarí y en el año 66 terminé la secundaria y pasé un curso emergente para auxiliar de enfermera. Tenía 18 años y me mandaron para el hospital rural de Arroyo Seco, de Pinares de Mayarí para adentro. Estuve once meses”.

Las cuatro horas de camino por los canarreos se vuelven a esconder detrás de los negros y pequeños ojos de María Antonia La O. No se les van del alma las largas noches alumbradas con un mechón y la música del trotar de los caballos, con las parturientas arriba. Siendo virgen parió más de una vez. Nunca sacó la cuenta, pero guarda el llanto de los recién nacidos y el calor de los cuerpecitos frágiles, envueltos muchas veces en pedazos de telas que ellas mismas buscaban. La luz nacía en las lomas bajo el coraje de amor.

“Me incorporé al hospital Mártires de Mayarí como enfermera. Trabajaba y estudiaba en la Facultad Obrera para coger el doce grado. En el 68, cuando terminé los estudios, me fui a Holguín a coger la especialidad de Obstetra y me gradué en el 70. Ya había traído al mundo a unos cuantos vejigos y vejigas”.

Las rodillas le cobran a veces las malas pisadas de los montes. Ella piensa que son las lomas y los tropezones del camino. O las horas de pie y el corre paqui-pallá de un salón a otro. O los pasillos de los hospitales y los cuerpos de guardia de maternidad.

“Hay déficit de enfermeras y médicos  obstetras en Las Tunas y me mandan para esta provincia. Aquí me ubican en Bartle, en su hospitalito rural. Ahí sí tengo hijos. Estuve dos años y todos los nacidos en los años setenta pasaron por mis manos. Hoy me saludan y me lo dicen. Yo de muchos ni me acuerdo, es la verdad. Fueron 44 años de trabajo, haciendo partos, ahí directo con los médicos; y cientos de veces sola, desde jovencita.

“Trabajé en la maternidad de Las Tunas, en las consultas de ginecostetricia. Después a Bartle de nuevo…y me convertí en tunera para siempre. Me casé, tuve mi hija, después mis nietas. Nunca olvido que el en 85 pasamos un curso de administración de hospital y atendimos la zona de Potosí, Mejías, Macagua y Bartle. Hasta con un mechón hacíamos los partos y las mujeres venían en caballos, carretones, en lo que podían salir del monte”.

LA OTRA LUZ MÁS ALLÁ DEL MAR 

Otros hijos incognitos se le dibujan en la retina y me los muestra con el brillo de los ojos. Siempre tiene brillo en los ojos María Antonia La O Zayas, más si los recuerdos le arrancan sonrisas y el rostro disfruta el disimulo de los años. No es tan malo ser morena.

 “Soy una niña - dice picaresca -. Con 72 años se niega a dejarse dominar por la edad y los achaques. Destila el mismo amor de la chiquilla de los montes de “Mateo Sánchez”, saltando charco sobre charco con el encrespado pelo negro sobre los hombros.

“En el 2007 llegué a Duaca, en el Estado de Lara, en Venezuela. Fui como enfermera intensivista. Fue muy bello para una cumplir esta misión, ayudar con nuestros conocimientos a personas que me recordaban mi infancia. Vi niñas con muchos deseos de aprender como yo, barrio adentro, en los cerros. Mis nietas, las mellizas, eran pequeñas,  tenían dos años, y cada caso que atendíamos allá nos traía la añoranza de la casa, la familia.

“Creo que la gente tiene razón cuando me llama por las calles de Bartle y me presenta a un joven o a un cuarentón y me dice que lo traje al mundo, que es mi hijo. No sé cuántos más incognitos puedo tener, pero aunque no me acuerde, a todos los quiero y están aquí…”    

Las manos morenas que arroparon a tantos y tantas en 44 años de intenso trabajo se detienen en el medio del pecho. No parecen toscas a pesar de las venas que les pintan caminos en la palma y los dedos. La negra de Mateo Sánchez es una comadrona vieja. Trae brillo en los ojos. Las lomas de Oriente y los cerros de Duaca le dieron la luz.