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Por Graciela Guerrero Garay         Fotos: Ángel Antonio Chimeno

Es increíblemente hermosa esta primera tarde de mayo, cuando el crepúsculo se anuncia en algún vórtice indefinido de lo que imagino un uso horario por el este tunero. Muchos regresan de algún lugar hermoso – que uno ya sabe y vio, sintió-, a juzgar por el brillo de los ojos, alguna que otra jarana en los labios y los pasos seguros y contentos.

Las palomas vuelan. No son las mismas, imagino, pero es igual. El vuelo es bello, certero, libre. Sencillamente propio, como esta primera jornada de mayo, el Día Internacional de los Trabajadores, que fue acá, en tierras del Balcón de Oriente, en el pueblo de todos los tuneros, algo extraordinario e histórico.

Primero ese amanecer tan lleno de pasos apurados por las cuatro esquinas. Personas de todas las edades. Los niños y niñas con sus banderas, sobre los hombros de los padres. O de la mano. O en sus coches. O a pie, los más grandes. Pueblo. Después, en el inicio de aquel acto gigante, (eran muchos…muchos…muchos…como diría ante tanta fuerza humana, mi querida colega Leydis María Labrador), el caballo sin jinete…símbolo, canción, recuerdos, compromiso.

Detrás, el resto de la caballería. Las banderas cubanas altas, sobre los sombreros y los brazos alzados. Si mal no conté entre la emoción y la belleza, la magia de la iniciativa, eran unos 15 del equipo de Rodeo de la provincia. El líder de todos los cubanos, allí, como siempre y eternamente siempre. Las Tunas le volvió otra vez a dar todo. Quemó los pronósticos más gordos. Superó las cifras, el amor milenario, la pasión por la idea, la consigna y los sueños.

Todo hermoso, como esta tarde que ahorita besa la noche y despierta a la mañana, de trabajo y escuela, de esa batalla cotidiana que hoy levantó el corazón y agitó la fortaleza del futuro. Le abrió puertas. A mi se me antojó cualquier brillo de estrellas esos más 2 mil jóvenes que cerraron el desfile. Y entre ellos, con la gracia y el ingenio, los pioneros, los pequeños de los círculos infantiles, los de las bandas rítmicas, los que mañana volverán a la Plaza y serán los obreros de hoy.

La  tarde está linda. Ya lo dije desde que amaneció. No es una ciudad de lunes, ni siquiera de un domingo de fiesta. Es más…es la ciudad de los augurios de palomas y un jinete. La gente vuelve de algún lugar hermoso. Anda alegre, segura, feliz. Va en familia. Viene, con amigos también. Caramba, la Plaza del Mayor Vicente García tiene pies de siete leguas y se mueve por cualquier calle…

No, no hace falta metáfora. Es la gente, el pueblo, que trae, como en la mañana, el corazón henchido y las manos abiertas. Es la esperanza. El jinete. Las palomas. Unidad. Confianza, y lo eterniza todo. El vuelo y el trote del corcel infinitos. Nadie puede dudarlo… la Plaza, la gente de la Plaza, el sudor de labriego, inconforme tejedor del tiempo, andan, como en el amanecer, por todas partes. No hace falta metáfora. Pinta bonito esta tarde del primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores.