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Por Graciela Guerrero Garay         Foto: De la Autora

Este miércoles la comunidad internacional vuelve a convocar al silencio, como arma única para destruir los negativos efectos que produce el ruido sobre la salud humana, el medio ambiente y la sociedad. Hace veinte años el llamado intenta encontrar un racional equilibrio en los decibeles que consumimos y cuidar el ambiente acústico donde nos movemos, porque según la Organización Mundial de la Salud (OMS) “la bulla” ocupa un lugar importante en la lista de las causas por las cuales en el mundo 360 millones de personas padecen de sordera moderada a grave.

La OMS sitúa los perjuicios que provoca el ruido junto a las enfermedades genéticas, las complicaciones al nacer, las infecciones crónicas del oído y el envejecimiento, entre otras. Al tiempo, considera evitable la mitad de los casos de pérdida de audición y puntualiza que el ruido que hacemos y al que nos sometemos es absolutamente controlable.

En este territorio, donde las quejas y los estados de opinión sobre el exceso de ruidos en espacios públicos, edificios multifamiliares, fiestas de fin de semanas, establecimientos del ocio y los altoparlantes de bicitaxis y  coches fueron reiterativos por meses, se propusieron diferentes medidas para contrarrestarlo. A la vuelta de un año, el día mundial contra el ruido llega  igual de “ruidoso”.

Aunque se nota en los espacios públicos y los altoparlantes de los bicitaxis y coches de paseo un discreto respeto a las leyes orientadas, muchos tuneros coinciden que el mayor impacto lo logró la política de multas de los agentes del orden, a pesar de que este mal moderno sigue en pie, hace daño colectivo, afecta la salud humana y sobre todo ultraja el derecho de los niños y niñas a vivir en un ambiente de armonía auditable.

Conservar la audición y habitar un ambiente sonoro adecuado es un derecho, por lo que debe ser controlado y regulado por quienes tienen la responsabilidad de mantener la salud medioambiental.  La resistencia a aceptar normas, irrespetar el espacio y el silencio de los otros y violar la sanidad ambiental no pueden ser la tendencia social.  Hoy no solo debe combatirse el ruido. Es un asunto vital del día a día.

La OMS señala que someterse con frecuencias no permisibles a sonidos fuertes puede ocasionar pérdida de audición temporal o acúfenos (sensación de zumbidos en los oídos). De ahí que llame la atención que el nivel de ruido más alto permisible sea de 85 decibeles, en un lugar de trabajo durante ocho horas como máximo. Tomar conciencia de cuánto daño nos hacemos por contribuir al ruido y desdeñar el silencio, es una urgencia individual y colectiva.

Este miércoles de abril, el último, es el día de la lucha mundial por un mundo con menos bulla. Haga silencio para que vea cuanto ruido le rodea. No ser sordo mañana – o empezar a serlo ahora mismo – depende de usted, de mí, de aquel… vivimos en sociedad. No la queremos muda, sino serenamente audible.  Ganemos la guerra al asesino invisible más ruidoso de este mundo. Nuestro mundo.