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Por Graciela Guerrero Garay          Fotos: De la Autora

Los miro peinar canas una y otra vez. Los imagino y siento, algunos me cuentan. Justo ayer me encontré con una maestra en el cuerpo de guardia del policlínico, acompañando al alumno que presentó un dolor en el seminternado. Estuvo allí hasta que llegaron los padres, y más aún.

Apostar por ser maestra, maestro, profesor, profesora… es como pararse hasta siempre delante de la puerta del infinito: no acabas nunca. Una generación viene tras otra. Y sin contar no solo cuanto instruye, sino lo que tiene que aprender para sí mismo. Es la única manera de estar a la altura del tiempo, la ciencia y los relojes actuales.

Este jueves 22 de diciembre es el Día del Educador en Cuba, una isla que sabe honrar a su Maestro Mayor, el universal José Martí. Una nación que llena de luz el camino del saber en la tierra y hace fe de la obra de sus grandes, hombres y mujeres que mataron la ignorancia y crecieron al tiempo. Un país que hoy, ahora mismo, hace pedestal de la memoria de su líder, Fidel Castro Ruz, el dador de todo y creador de cuanto bonito tiene la educación cubana, pues convirtió los cuarteles en escuelas.

Antes, cuando parecía la mayor utopía de los ángeles, llenó de cuartillas y quinqué la `punta de la loma y la falda de los llanos, erradicó el analfabetismo. Enseñó a leer y a escribir a una nación inculta y revivió lo dicho por el mentor más fiel: ser culto es la única manera de ser libre.

Nada extraño tiene hoy que por las calles anden con flores en las manos los alumnos, y las familias encuentren la manera más sencilla y noble de devolverles  tantos besos, abrazos, sudores, perseverancia y esfuerzos, ya sea en un regalo, una poesía o la promesa de que el semestre próximo será mejor.

Después de todo nadie puede negar que llevamos ahí, pecho al medio, a ese hombre o mujer que nos enseñó a contar sin usar los dedos y nos demostró que existe un camino limpio y sabio para ser digno, más fértil y más humano. Por ellos somos, no hay dudas. Y, a veces, no somos más, porque no queremos ni hacemos lo que ellos… peinar canas y, con pasos lentos, llevar libros,  carpetas,  libretas, tizas y lápices  con el mismo amor y sacrificio cual llevan los años y hacen del magisterio el evangelio vivo, cotidiano.

¡Buen día, educadores! Lo bello está en ustedes y esa manera enorme de sujetarnos las manos y hacernos empinar sobre los talones de la vida. De cualquier modo teníamos que decirles este torrente de afecto y respeto que sentimos, y nos parece demasiado apretado. Gracias a que los sentimientos van unidos al aliento y la esperanza, hoy es ayer y después será mañana…y mañana es siempre porque el conjuro de enseñar es, sencillamente, eterno.