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Por Graciela Guerrero Garay      Fotos: Archivo de la Autora

¿Por qué será que el Che tiene esta peligrosa costumbre

 de seguir naciendo?

                                                      (El Nacedor, de Eduardo Galeano)

Otra vez el recuerdo hace cierta la noticia: Guevara está muerto. Pero como aquel 8 de octubre que simuló llenar de oscuridad al mundo, es mentira.  Ernesto Guevara de la Serna, el Che, está entre quienes nunca pierden la esperanza ni le temen a las bombas, sean de papel o dinamita.

Los seres especiales, los que hacen caminos y dejan huellas sin quererlo, se multiplican. Él sigue su periplo por América. Su estrella jamás la esconderán las nubes, ni las tormentas solares ni el apocalipsis. Millones se aferran al mejoramiento humano… luchan, sueñan, combaten. ¡Y de pasiones revolucionarias, ni se diga!

Ahora mismo esta isla, que lo acogió como al mayor de sus hijos, triplica el trabajo y la esperanza. Hay una solidaridad desbordada por los cuatro puntos cardinales. El ciclón Matthew destrozó a Baracoa y para allá andan, como él anduviera, compañeros de todas las provincias. El ejemplo vertical que inculcó en cualquier parte, y le regaló amigos infinitos por doquier borra los vientos y las desgarraduras. Crece su virtud, un huracán de guerrilla y de victoria.

 Hay plantas como el cacao – dijo Eduardo Galeano- que crecen al sol, cuando hay, y si no hay crecen a la sombra. Escuché decir que no necesitan sol porque lo llevan dentro. El Che era una de esas plantas, y por eso sigue siendo.

Ese, su resplandor, que arrastra millones hasta siempre, en un octubre de memorias y homenajes, con fusil y palabras, no tiene otra respuesta. Alma adentro, ¡seguiremos contigo, Guerrillero!