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Por Graciela Guerrero Garay          Fotos: De la Autora

Nadie lo conoce. Su nombre no se escucha en los pasillos de su centro de trabajo. Tampoco en el lugar donde vive. Los amigos hacen un gesto de interrogación con ojos, hombros y caras. No existe. Sergio Gilbert González no existe.

Sin embargo dos palabras le ponen voz a la incógnita: el donante… ¡Ese es Bigote! Y hasta lo dicen a coro si estás en el barrio o la Empresa de Servicio al Trabajador (STD), perteneciente al Ministerio de la Construcción, donde trabaja de custodio. La magia de los apodos, capaz de borrar la identidad de quien lleva allí 44 años y tiene casi una centena de reconocimientos y diplomas por ser Mejor Trabajador.

Sencillo, como son los hombres de corazones grandes y fenotipos comunes. Humilde, como la virtud de su clase. Impredecible y hasta desapercibido si no detienes el paso y conversas con él. Modesto, tal cual todos los que entregan sus esencias sin pedir nada. ¡Y muy alegre!, para rematar el regocijo al encontrarle.

Un hombre de estos que al primer golpe de vista una no imagina que acaba de hacer su 90 donación de sangre voluntaria y se la dedicó al cumpleaños de “su Comandante Fidel Castro”. Me parece demasiado escuálido para tanta fortaleza física y espiritual. Anda desde 1972 poniendo el brazo en los bancos de sangre para salvar vidas.

“Bueno empecé cuando estaba en el Servicio Militar – recuerda- y pidieron que ayudáramos al pueblo vietnamita. Desde entonces no he dejado de donar nunca. Ahora, podía hacerla en el mes de noviembre pero no. De pronto me di cuenta de que tenía 89 y que Fidel cumplía 90 años. Ese era mi regalo. Hacer mi donación 90 por él, quien fue el promotor de fundar los CDR y cultivar el internacionalismo. Y así lo hice”.

Para un cubano de pecho abierto es tan natural como encontrar en cualquier jardín una abeja libando un lirio blanco. O el calor en medio de la temporada invernal. Bigote no se vanagloria. Es tan dado al bien público que ir a cualquier parte puede marcar en el reloj mucho más tiempo que el exacto. Gusta conversar y se detiene aquí o allá a saludar al conocido, con la misma sonrisa que se acerca a una anciana y le carga el bolso. O da un empujón al carro parado en el camino. No importa si no conoce al chofer.

Su orgullo es otro, el bonito. Capaz de contagiar y dejarte hasta sin preguntas después de tantos años de oficio. Sacarte el asombro cuando te muestra la pierna y vez un nudo venoso casi a punto de estallar y cuenta que hace 15 días fue a sembrar caña, y no hay que llamarlo para los trabajos de limpieza en la cuadra o el trabajo.

Un tunero que con 64 años la palabra jubilación no anda en sus diccionarios y donará “hasta que me digan que por algo no pueda”. Fanático a leer periódicos, persigue el viernes al Semanario local, “pues es mi tierra, aunque leo mucho. Así también aprovecho el tiempo libre y aprendo de todo”.

Trabajador por excelencia, servicial y solidario. Un donante a quien no hay que tocar la puerta ni convencerlo de lo esencial que es tener en los bancos de sangre y hospitales una reserva de A+ “para quien lo necesite, y si hace falta más, que me busquen”. Un abuelo que disfruta sus nietos  y es feliz con sus hijos Yenny y Alian, ama su hogar y deja el grato sabor de la esperanza: “Soy así porque es mejor portarse bien que portarse mal”.

A Sergio Gilbert González nadie lo conoce, pero a Bigote… a Bigote nadie lo olvida. Y yo volveré a buscarlo cualquier día de estos, a ver si recuerda quién  le borró el nombre y le regaló un mote que nada tenía que ver con su figura, pues apenas hace unos meses decidió no afeitarse para que “le pegara”.