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Por Graciela Guerrero Garay    Fotos de la Autora

Su nombre es… ¿de qué sirve saberlo? Nadie lo conocería. Nacido en aquellos tiempos donde las fiebres de la Y en Cuba simuló el último hipo de moda de las partidas de nacimiento, este muchacho-hombre se vio como millones “bautizado” del mejor apodo que achicara su patronímico o lo familiarizara. Desde entonces Yaikir Fontela Hernández fue exclusivamente su identidad oficial. Un primito le puso Yanqui y así se quedó. 

Nada que ver con el concepto y esas nauseabundas sensaciones que produce entre los cubanos la palabra de marras. Es simpático, servicial, jovial, sencillo y amante por excelencia de los perros y los caballos. Fanático al campo, trabajar la tierra y andar de romántico bajo el sol y las estrellas encima de un carretón, su “bestia” y un sombrero, sea de yarey o tejano.

Sin embargo, su mérito principal es ser “el encantador de perros” tunero, pues ciertamente no tenemos referencias de algún otro hombre que por estos lares logré domesticar en tiempo records a los canes de raza, sobre todo los Husky Siberianos, y comprobar que esos hermosos animales jamás olvidan su voz y su chiflido. Los juguetones y traviesos Baby y Príncipe son testigos vivos de la conexión infinita que establece con ellos.

Lo mismo puede decir la bella Lía, una hembra que tiene que ver con varios de los Husky que hay en esta ciudad, donde por día crece la preferencia hacia ellos a pesar de lo caro que se comercializan y lo costoso del tratamiento para mantenerlos vacunados, librarlos de pulgas y garrapatas y evitarles las enfermedades de contagio, muchas veces frecuentes por la presencia de los llamados Satos o criollos callejeros que deambulan por doquier.

“Yanqui” es feliz cuando chifla y ve asomarse a los balcones de los edificios con fidelidad y cariño a sus hijos de “cuatro patas”, aún cuando hace años compartieron con él unas pocas semanas.  Ahora, sumergido en el monte, entre vacas y caballos, busca las noches de lunas para conectar su espíritu con los astros y encontrar en las estrellas las miles de formas que también da a los collares, pulsas y aretes que fabrica, en los cuales resalta también ese peculiar misterio de gracia que lo envuelve.

Mi cámara no resistió la tentación de retenerlo para siempre, mientras pasea en su corcel por las calles del barrio y saluda a la gente que lo extraña, incluidos esos Husky Siberianos que lo llevan en el corazón. Esa es la bendición dorada que colma a los hombres que como él llevan una vida sencilla y humana, por el mero placer – o la necesidad- de servir a los demás y ponderar el privilegio de compartir su paso por la tierra con el reino animal.

Bajo un ardiente verano que hace de la isla un paraíso de sol, el encantador de perros de Las Tunas marca la diferencia de las rutinas cotidianas. Jinete y caballo hacen el atractivo, mientras de los barrotes de algunas que otras viviendas unos perros de ojos azules y cabezas de lobo husmean.