20160321205156-pinocho-5.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay            Fotos: Tomada de la RED

Yo no lo cogí, insiste el pequeño Carlos  ante los ojos desmesuradamente abiertos de su mamá, quien lo vio tomar los espejuelos del abuelo y esconderlos bajo la cama. Le persuade… Su voz sube de tono en la medida que el chico de seis años se mantiene en sus “trece” y niega el hecho. Casi a punto de usar la violencia, el hijo los entrega con cierto miedo.

Episodios así – o parecidos- trascienden las paredes del hogar y se manifiestan en la escuela, entre amigos, familiares y grupos… Al parecer, la tendencia a mentir o no encarar la responsabilidad ante una mala conducta es un hábito, transmutado de los adultos a los niños, más de lo aceptable. Un simple sondeo aleatorio entre madres de infantes de 3 a 11 años lo evidencia.

Con los adolescentes el panorama no cambia. Una de mis entrevistadas confesó que si la hija no le hubiera ocultado sus relaciones, ahora la familia no sufriría el trauma que tienen. Sin conclusiones científicas, pero existencialistas, en esas edades las mentiras más frecuentes se relacionan con la escuela, el noviazgo, embarazo precoz, amistades y salidas nocturnas. A fuerza de ello, no siempre los padres saben con certeza dónde y en qué andan sus muchachos.

¿Por qué mentimos? Al investigar el asunto descubrí que la mentira, por decirlo de algún modo, es un comportamiento poco ético de los individuos y el ser honesto se vincula con la capacidad de autocontrol.  Apuntes de agenda señalan que es difícil que, al menos una vez, alguien haya escapado de la tentación de engañar, aunque para los encuestados las llamadas “mentiras piadosas” son “más benevolentes” que aquellas que se dicen porque sí.

Puntos de vistas a un lado, los científicos detienen su mirada sobre el asunto y llegan a conclusiones curiosas según el prisma con el cual miden esa conducta humana. Algunos señalan que es patológico en determinadas personas, en tanto otros- como Maryam Kouchaki- con sus experimentos determinan que algo tan mundano como la hora del día tiene incidencia directa en el hecho.

La investigadora de la Universidad de Harvard y coautora del trabajo afirma que la tarde y la noche son más idóneos para que la gente mienta, “pues la capacidad de autocontrol se reduce en el transcurso del día”, debido a la falta de descanso y la “abrumadora necesidad de tomar decisiones”.  De ahí que la mayoría se manifieste más honesto por las mañanas y pierdan este “hartazgo de honestidad” con los pasos del reloj.

El síndrome de Pinocho – porque Pinocho existe más allá del encanto literario- se conoce en psiquiatría con el apelativo de “mentira patológica” o “mitomanía”, el cual los estudiosos de la mente describen  como la compulsión sin remedio que sufren determinadas personas para mentir.

Para los investigadores es un problema llegar a la adultez y rodear la vida de engaños para justificar acciones,  y ajustar defectos de autoestima, a la vez que aseguran la existencia de quienes mienten conscientemente para conseguir un beneficio,  pero destacan que el “patológico” no lo hace con intención, pues sus mentiras son espontáneas y no planeadas, y si entran en esta dinámica de farsas y engaños no pueden parar.

Mientras estudios y experimentos siguen en las prioridades de los investigadores para adentrarse en el comportamiento humano, un equipo de psiquiatras de la Universidad de Illinois, Estados Unidos,  acuñan que ciertos tejidos dentro de la nariz se inflan cuando mentimos y esa hinchazón, bautizada como el efecto pinocho, provoca un picor que nos empuja a frotarnos el apéndice nasal.  

Ejemplificaron con el interrogatorio de Bill Clinton durante el escándalo de Mónica Lewinsky y después de examinar las imágenes del mismo descubrieron que, sin estar resfriado, se frotaba la nariz cada cuatro minutos. Para algunos psiquiatras, ese gesto es más revelador que sus respuestas. ¿Qué les parece?