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Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

La Anacahuita ya no duerme entre las luces de los cocuyos que parecen miniaturas de relámpagos de vez en vez. Tampoco las oscuridades del monte le regalan nostalgias a la soledad, y el aburrimiento no es una lágrima entre los sueños de sus habitantes. Paraíso 672 está lleno de luz y tiene un ángel de exquisito buen gusto.

-          Está delicioso

-          Vale la pena la distancia. Todo está divino.

En la mesa, hasta los más pequeños traen ojitos brillantes ante la comida que Alejandro sirve con educación y cortesía. Al catador inexperto no le resultaría difícil determinar por el olor la catadura del plato. Sin preguntas, cualquiera apostaría que allí hay experimentados gastronómicos y cocineros.

Ni lo uno ni lo otro. Son demasiado jóvenes para poder mostrar largos caminos en el arte culinario. El secreto reside en el amor que ponen en “los puntos de sal”, adobados con la voluntad de hacer rentable la meta trazada por la familia y demostrarse a sí mismos que, no importa dónde, el trabajo es la verdadera riqueza de la vida.

El restaurante criollo, impulsado gracias a las nuevas modalidades del trabajo por cuenta propia, desde lo lejos de la carretera, recuerda los castillos de los cuentos clásicos y, aunque todavía nada anuncia su presencia entre las señales de la vía central que lleva de oriente a occidente y viceversa, el juego de luces que bordea su fachada llama la atención a los curiosos viajeros.

Después que llegan, vuelven. Justo en el kilómetro 672 y a unos 30 minutos en auto de la ciudad de Las Tunas, la comida cubana, con sus matices propios y adquiridos de otros lares, es una tentación al paladar. Sabor, presencia y variedad la distinguen, mientras el número de clientes se incrementa.

La fresca brisa de los campos tuneros, entre la arboleda de los alrededores y las ofertas del bar cafetería, hace olvidar los minutos de espera que genera un servicio a la orden, sobre todo cuando las mesas están llenas y sus cinco jóvenes anfitriones deben multiplicarse.

Paraíso 672 es otra estrella a favor de la calidad que tienen estas nuevas oportunidades de empleo en el Balcón del  Oriente Cubano, donde se nota un esmero peculiar en el giro de los servicios gastronómicos. Quizás, por eso, se paga a gusto y  se repite la visita.  El ángel del buen gusto y la sabrosa comida criolla se encargan de atrapar los comensales con el punto en su lugar.

El posible quietismo de La Anacahuita murió para siempre, ante el empeño de este quinteto de jóvenes que borran el mito de que la mujer es la dueña del fogón y la cocina.