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Por Graciela Guerrero Garay  Fotos: Archivo de la Autora

Tal vez tuve un día demasiado estresado para escribir las palabras justas que no dejan morir tu voz ni tu mirada, aún cuando no dudo que algunos anden hoy de banquete por ríos y montañas. La gente –todavía no entiendo- es morbosa en sí misma y hace cruces indebidas por doquier.

No importa. Las más grandes nevadas jamás han podido sobrevivir a los rayos del sol y millones sabemos que andas merodeando, a pesar de tanto y todo. De complot y falacias. De mentiras y fraudes. Eres la esperanza eterna y llenas los abismos de fe como nadie supo antes, contigo y después. Ya un día aprendí de mi padre que los héroes no mueren. Pobres de aquellos que dicen lo contrario y acuñan con poderes insulsos, y el ego esculpido en la basura.

Nunca partirás hacia el olvido. Nunca. Habrá neblinas, hasta incluso más húmedas que ahora. Se jugará la última carta y pregonarán el apocalipsis a los cuatro vientos. Nada nuevo que no predestinaras y tuvieras entre las alertas de tu agenda. Los pueblos están en cualquier parte y tú, Hugo Chávez Frías, eres pueblo.

Este 5 de marzo no voy a negarte mi tristeza y, mucho menos, evitarte las lágrimas de miles. Siempre es duro volver a renovar aquella nefasta realidad del 2013. No saberte de carne, respirando. Lo vital es la esencia y el fluido. La raíz y el combate. Y aunque quieran o no, aunque te maten, tu serás en lo eterno… ¡Comandante!