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Por Graciela Guerrero Garay

En la barriada de Lawton, en La Habana, un 6 de febrero de 1932 Ramón y Emilia tuvieron una alegría singular: nació otro hijo varón a quien nombraron Camilo. Quizás nunca imaginaron en ese instante que sería eternamente Camilo Cienfuegos Gorriarán, el héroe del pueblo de Cuba, el Señor de la Vanguardia, “el más brillante de todos los guerrilleros”, como diría de él, mucho después, Ernesto Guevara.

A 84 años de ese día nadie puede olvidar al niño marcado por la justicia desde la escuela primaria, donde destacó por defender a sus compañeros más pequeños de las travesuras de los “grandes”, con la misma pasión que jugaba el béisbol y el frenesí entregado en cada misión revolucionaria, a la cual se vincula desde 1948 al sumarse a las protestas populares contra el aumento del pasaje en ómnibus.

Su amplia sonrisa fue un himno de contagio y aliento en los momentos más duros de los combates de la guerra de liberación, junto a Fidel, el Che y los combatientes del Movimiento 26 de Julio, hasta la derrota de la dictadura de Fulgencio Batista el primero de enero de 1959. Su valor, audacia y cualidades de mando distinguieron sus pasos en la lucha desde la Sierra Maestra hasta el llano. Cuando en abril de 1958 es ascendido a Comandante, había ganado la verdadera luz que los cubanos resumen en palabras: El héroe de Yaguajay, el querido Camilo del pueblo.

Cada amanecer los tuneros llevamos con orgullo los sitios que lo recuerdan. La escuela militar Camilo Cienfuegos, el taller Camilo Cienfuegos, la Avenida Camilo Cienfuegos… y los ríos Potrero y Hórmigo también el imaginario popular los ve llenos de flores, como sus cuadros en las escuelas y centros de trabajo, aunque no sea 28 de octubre cuando, en 1959, su avión desapareció en el mar. En los municipios igual se ama y cada lugar que lleva su nombre es gloria de la Patria y del inolvidable soldado del sombrero alón.