20160128224941-tradicion-jovenes.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay     Fotos: De la Autora

Descubrí hace bien poco que esa tradición trae escondida las canas de los abuelos, sobre todo en nuestros campos donde la palma es demasiado alta si apenas subes del suelo unos pocos centímetros, y no sabes cómo se llama el instrumento que toca el tío Pablo por las noches recostado al horcón del portal, mientras los cocuyos hieren la oscuridad del monte.

Todo ocurrió el 31 de diciembre cuando al pasar por la Calle 42, enclavada en el Consejo Popular 5 del Reparto Santos, en esta ciudad, dos jóvenes trataban de sostener la cabeza de un muñeco de trapo, el cual en la distancia parecía un hombre al que prestaban auxilio. Al acercarme, recordé que un colega se había sorprendido con la vivencia de ver por primera vez, en el 2014, cómo quemaban un monigote gigante cuando llegaba el año nuevo.

“Bueno, nosotros nunca lo habíamos hecho solos”, dijeron casi a la vez Alejandro y Oscarito, dos jóvenes estudiantes de la Enseñanza Media Superior, amigos y vecinos desde que nacieron. De los padres de Alex – como le nombran cariñosamente en el barrio- aprendió el arte de cortarlo, cocerlo a mano y luego rellenarlo con pedazos de tiras, algodón o recortería de cartón.

“Hemos pasado mucho trabajo para recoger el material para llenarlo y tratar de que se parezca a un hombre de verdad”, explica Oscarito en tanto intenta sujetarle entre las manos una botella de cerveza, según ellos para hacer notar la alegría de la llegada del 2016. Lo incineran justo para que “todo lo malo se haga cenizas y venga la suerte buena. Así dice mi abuelo, que lo quema allá en Jibarito todos los años”.

Hace unas horas acabo de encontrarlos nuevamente y traen consigo un saco con recortes de cartón. “Mire este año sí vamos a hacer un gigante. Ya empezamos a recolectar el relleno”. Doly Meriño, una de las ancianas de la comunidad, me cuenta entonces que desde pequeñita, por las lomas de la Sierra Maestra donde tiene sus raíces, la bisabuela gustaba de tirar agua por los alrededores de la casa a las 12 de la noche cada 31 de diciembre, mientras los tíos- abuelos se iban a un cocal cercano y quemaban el muñeco para romper cualquier maleficio que viniera a esconderse en el monte y perturbar a la familia.

“Era un muñeco negro, siempre oí decir que tenía que ser negro, como un africano y hasta con sus “partes”. Cuando vine a estas tierras y me casé por acá traje esa tradición. Estos muchachos son buenos y estudiosos y un día se sumaron y ya ve usted, por aquí ya somos dos familias que preservamos esta costumbre y me han dicho que en otros lugares de Las Tunas también los queman”.

La curiosidad me hizo indagar la práctica entre los tuneros y resulta que, en efecto, no son muchos ni tan pocos los que desde el mes de enero empiezan a buscar los materiales y la ropa vieja para armar sus muñecones de fin de año. El metodólogo y Licenciado en Educación Pedro Viera alega, por ejemplo, que vio esta tradición en Venezuela, la encontró curiosa y motivó a sus cederistas a realizarla en diciembre último. Confiesa que la disfrutaron mucho.

Oscarito y Alex no quieren dejar de anotarse el punto de ser los protagonistas en su barrio, pero afirman que sus compañeros del colegio dijeron que se iban a sumar a la tradición y han establecido una suerte de fraterna y sana competencia. Por eso lo queremos hacer bien grande – indica Alex- porque no vamos a perder la apuesta.

Alejen o no los malos presagios, vuelvan cenizas las desgracias pasadas y atraigan la buena suerte, los curiosos, peculiares y llamativos personajes de trapo proliferan en Las Tunas y los jóvenes asumen con entusiasmo este peculiar rito, no como un acto improvisado al calor de los festejos sino como todo un proceso serio y progresivo, que inician desde enero. Tras estos adolescentes que me atraparon con su madurez y perseverancia van muchos más. De hecho, sus familias me mostraron las fotos porque ellos estaban en la escuela.

Ahora mi pregunta sin respuesta es… ¿por qué un muñeco y no una muñeca? Nadie supo responderme, ni la vieja y sabichosa anciana Doly. No tengo de otra que repetir la frase de mi prestigioso y querido colega Taladrí: Saque usted sus propias conclusiones.