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Por Graciela Guerrero Garay     Foto: De la Autora

La “botella” está mala es una frase que hace amigos de ocasión en las paradas, los cruces de líneas, las esquinas o cualquier lugar de esta ciudad. Dada la experiencia y las anécdotas, en los municipios y sus carreteras de acceso tampoco se “pone buena”. Cuando las guaguas deciden- causas aparte- dormir la siesta y necesitas del transporte público fuera de los itinerarios previstos sabes lo que es la vida, como diría quizás el cómico Ramy parafraseándose a sí mismo.

Más de un lector trae y lleva la queja a diario, al comentar sus peripecias para ir al trabajo, la escuela o el menester que le ocupe. Andar a pie, o serlo, es un problema y poco a poco aquello de que solo paran a los amarillos también pasa por el moderno borrador de palabras mágicas, diseñado para desaparecer solidaridad, humildad, compañerismo, humanidad…

Basta un gesto de los choferes de los carros ligeros estatales para justificarse ante el Inspector de Transporte y seguir de largo. Se complica y extiende la espera de no estar en las paradas, mientras hay suerte, casi siempre, si eres un conocido, pero te paran solo a ti y arranca con capacidades libres en el auto. Una actitud nada nueva y criticada reiteradamente, desde que el período especial apretó tuercas.

Salimos a buscar evidencias. El sol de los finales de agosto hacía galas. El viernes 21, a las 11 y 10 a.m, en el crucero de la línea de Ferrocarril y la Aquiles Espinosa, un carro del CIMEX, vacío, con chapa 000165 ignoró la mano extendida de una señora que le pidió “botella”. La imité, unos metros después, y nada. Días alternos de la semana siguiente, en la avenida Frank País, otros muchos quedaron en igual pose frente a quienes olvidan la piedad, se hacen dueños confesos de las carreteras y desoyen los llamados de conciencia a sus deberes sociales.

Apenas pudimos leer los rótulos: Educación,  AZCUBA, MINAGRI, Cultura… Distinguir el rostro de algunos de ellos, imposible. La mayoría de los autos tenían cristales oscuros. Cogerles la chapa, un milagro. Iban por la senda rápida, alejados de la parada, donde sus coterráneos se consumían entre el calor y la espera. Sin embargo, un vehículo de la CTC en la provincia, moderno y con iguales características, detuvo el paso y respondió a la llamada de auxilio.

Todavía hay gente noble dijo aliviada una señora, en tanto montaba al auto con evidente cansancio. Pensé que era bonito saber que las reglas tienen excepciones y que el maldito borrador, una copia casi fiel de la caja de Pandora, no desapareció del corazón de todos los choferes las palabras mágicas, aunque conduzcan carros parapetados en cristales negros.

Por estos días de septiembre, a altas hora de la noche, me vi en la misma parada cercana al edificio de ETECSA con dos niñas y un anciano que venía del Puerto de Guayabal. Un carro de este organismo paró, voluntariamente, y nos llevó a todos. Sentí que existe la esperanza y que otra regla sumaba la excepción. Puede que estas líneas sirvan, al menos, para que las empresas hagan valer de una vez lo que siempre se ha pedido: ayudar a la transportación de pasajeros, a ser hermanos del de a pie. Manejar es un empleo, no un don de superman.

Ojalá no tengan que existir los “amarillos” para apretar los frenos. En una sociedad mejor la solidaridad no puede andar de camuflaje. Ser soberbios con la propiedad del Estado tiene nombre en la ética y el alma. Todavía ante tantas malas vivencias renunció a aceptar lo que espetó una joven: “Si antes andaban en carros viejos, imagínate ahora…son turistas”.