20150713180848-sheilaparque.jpg

 

Por Graciela Guerrero Garay  Fotos: De la Autora

La frase me hizo volver la cabeza y detenerme en aquel hombre, en el cual no encontré la fisonomía propia del habanero. Sin embargo, fue rotundo y dejó escapar en alta voz su pensamiento pues no hablaba con nadie en particular: ¡Ojalá hubiera en La Habana un parque tan limpio como este! No pude entrevistarlo. Cuando levanté la mirada, luego de buscar en mi bolso la agenda y el lapicero, ya no estaba.

Me detuve, entonces, a mirar el parque Vicente García, ese espacio tan nuestro que no creo ignore ningún cubano desde el 10 de octubre de 1915 hasta aquí. Lo afirmo por su posición geográfica, justo en el centro histórico de la ciudad de Las Tunas y porque abraza por uno de sus lados a la Carretera Central. Ningún viajero que vaya loma arriba, al oriente de Cuba, puede evadirlo, de no ser que realice el trayecto por la circunvalación.

Exactamente limpio, aunque siempre en esta capital Balcón –desde mi punto de vista- han faltado tanques públicos para verter la basura, sobre todo en sus zonas populosas. Ni un papel. Sus bancos de granito blanco impecables, igual el césped, mientras a la sombra de los árboles varios turistas disfrutan, con los tuneros, las canciones mexicanas de un trovador de paso. Una imagen apacible, bonita y digna de llevar al lienzo.

Quizás fue ese soplo de paz y armonía, en medio de una mañana de sábado, la que provocó aquel sentimiento impulsivo en el desconocido. Intenté buscar al encargado del parque para husmear cómo lograba que un sitio tan visitado, rodeado de centros gastronómicos, comerciales y de recreo mantuviera tal grado de pulcritud. No lo encontré, pero recordé  que Las Tunas estaba considerada entre las ciudades más limpias del país.

Claro, tampoco olvidé que por los barrios la imagen puede ser contrastante. Pero no hay dudas de que a pesar de estar siempre concurrido, la otrora Plaza de Armas, inaugurada un 3 de abril de 1858 y donde ocurrieron fuertes combates entre cubanos y españoles, es un lugar limpio y sereno, cuidado con esmero y cariño por sus custodios y el pueblo.

El trovador seguía allí desgranando su nostalgia, como si “La Malagueña” y la guitarra fueran los únicos asideros de su vida. Mientras, la gente pasaba por su lado y yo apostaba para mí que ninguna pensaba en que el Comandante del Ejército Libertador Eduardo Vidal Fontaine, alcalde de Victoria de las Tunas, decidió construirlo al asumir su cargo en 1910.

Eran los tiempos de la seudo república y la idea prendió con tal fuerza que un 11 de enero de 1911 se formó el comité Pro Vicente García, para recolectar fondos y levantar el monumento que hoy honra la memoria del Mayor General, conocido también como el León de Santa Rita. La escultura se develó un 10 de octubre de 1915.  

Camino por sus recodos y si alguna vez sentí la sensación de que le faltaban flores, ahora no. Lo encuentro perfecto y creo fue una suerte que la Carretera Central le rompiera su diseño original, cuadrado. Le viene muy bien esa curva que terminó una sonada polémica de aquellos tiempos: para construir la importante vía había que romper una esquina del parque. Al final, la solución fue esa y desde los años veinte del pasado siglo está ahí, cómplice de cientos de amores y mudo para quienes pretenden robarle el secreto que le confía la gente.

Vuelvo al punto de partida. El trovador se ha ido. El sol de julio duele sobre la espalda de una chica que muestra sus hombros al desnudo. Abre la sombrilla y también se va, pero mira por segundos el banco de granito y la sombra que cubría su silencio. Algún pacto sellaron. El parque está en paz y no hay hojas secas para ser besadas por el viento. Entiendo ahora… aquel hombre sabía porqué dijo en voz alta… ¡Ojalá hubiera en La Habana un parque tan limpio como este!