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Por Graciela Guerrero Garay   Fotos: De la Autora

Marabú… es la palabra con la cual define el viejo Leonel Gutiérrez a la ciudad de Las Tunas cuando llegó de Montes Altos en la década del 60 para trabajar y hacer su familia en el reparto La Victoria, un enclave poblacional al oeste del pueblo.  Los barrios, entonces, eran apenas un esbozo de caminos de tierra y casas de todo tipo, donde los chalet y las construcciones modernas se podían contar con los dedos.

Atravesada por la Carretera Central de Oriente a Occidente –igual viceversa- poco lucía en colores y modos de urbanización posible, aún cuando su historiografía habla de un desarrollo ganadero fuerte en los inicios de su formación y tuvo determinados avances y relevancias en siglos pasados. Más, con todo, nada que ver con la urbe capitalina que disfrutan las generaciones actuales.

Los “viejos” tuneros lo saben, me dice Leonel mientras me acompaña en uno de los trayectos que acercan esta ciudad a los sueños de quienes, desde entonces, dibujaron en sus almas un terruño civilizado, con calles pavimentadas y llenas de luminarias románticas o jardines para deleitar la vista y el corazón. ¡Y aquí está!, a pesar de que todavía falta mucho por andar y no todos sus hijos la cuiden como debe ser y entre el verde y las flores nos gane alguna suciedad, el enyerbamiento y los baches del camino.

Para una buena impresión jamás hay una segunda oportunidad. Entonces, en la dimensión de estas palabras, me cautiva más la elegancia de la rotonda vial que une las intersecciones de las Circunvalaciones Norte y Sur con la Carretera Central, por donde circulan todo tipo de vehículos y una comprende cuánto hemos crecido y lo injustos que somos – algunos- al enjuiciar los avances-testigos del cambio.

Hace años, porque el tiempo pasa y se vive tan de prisa que nos traga, nunca podría tomar estas fotos, empezando por la ausencia de cámaras fotográficas tan factibles y prácticas como las digitales. Y mucho menos por el entorno mismo, un listón de pavimento gris largo y estrecho que no regalaba ni un pedacito así donde posar los ojos y oxigenar el espíritu.

Ahora deleito el ánimo y hasta olvido la intensidad del sol y el tiempo que podría demorar en la parada de ómnibus para llegar a mi destino, pues hago cierta fobia a los camiones particulares que transitan casi pegados unos con otros cubriendo las rutas locales. La hermosa vía, con sus sensuales curvas y pintorescos guiños de “novia bonita”, me embriaga. Igual el parador-cafetería Ranchón la Rotonda con su estilo campestre y techo de guano, tan criollo y nuestro.

Nada que ver – repito- con la imagen de antaño y ese camino largo que lleva a los tuneros y foráneos a las hermanas vecinas orientales: Granma, Holguín, Santiago de Cuba y Guantánamo.  O al municipio de Majibacoa, uno de los ocho que tiene el territorio y con idénticas señales de las transformaciones acontecidas en Las Tunas. Andar para ver, como dicen los abuelos.

La tierra, caramba, refiere Leonel en un suspiro, mientras les explicamos a los nietos que nunca a esa edad pudimos caminar por una acera en esta parte de la ciudad ni calmar la sed con un refresco o sentarnos en una parada de guaguas, protegidos del sol, aunque la demanda y lo que hemos crecido en habitantes necesitaría de bancos de cementos más largos que la nariz de Pinocho para no estar de pie. El cambio… el buen y revolucionario cambio que nadie puede tapar con un dedo. ¡Y mírelo aquí, en las fotos, para que sea testigo!