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Por Graciela Guerrero Garay   Foto: De la Autora

Cuando afirmo que los más de 90 mil estudiantes que cada amanecer abren sus puertas para salir rumbo a la escuela lo hacen como el primer día de clases puede que quien lea estas líneas haga una mueca o, simplemente, crea que con un golpe de teclado borro los posibles signos de cansancio de un curso escolar que entra, casi ya, a su recta final.

No, sencillamente, no. En Las Tunas todos los días esa cifra de niñas, niños, adolescentes y jóvenes toman sus caminos para llegar a sus lugares de estudio a pie, en bicicleta, en transporte público, en los carros de sus padres, en coche y hasta en la cubanísima “botella”, que no es más que pararse al borde de la vía y pedir un aventón con la mano lo más estirada que se pueda.

Van contentos y acompañados, según la edad, la enseñanza o los kilómetros que los separen de la casa y sus destinos, en un proceso normal que disfrutan por igual los familiares aunque tengan que madrugar un poco más para llegar puntuales porque, también, la mayoría trabaja. ¿Los abuelos…? Un buen número se encarga y hace la retaguardia o asumen lo roles cotidianos.

El día escolar no pierde la frescura y este curso 2014-2015 cumple, enhorabuena, las transformaciones anunciadas como pasos firmes para acercarse cada vez más a ese producto formador e integrador de hombres y mujeres buenos que necesita la Cuba de mañana, de ese mañana que es ahora mismo y no un siglo después.

La flexibilidad en el horario docente, desde la esquina de una mayor responsabilidad para impartir los programas de clases con calidad y rendimiento, y permitir que la segunda sesión se utilice en elevar la cultura artística, histórica, comunitaria y a la vez despertar motivaciones por el deporte, el trabajo social, agrícola y estimular acciones espirituales mediante el conocimiento del entorno (dígase visitas a museos, bibliotecas, teatros, parques, etc.), rinde frutos.

En la Educación Primaria –siempre el pilar esencial para subir la escalera que sobreviene después-  puede que esta alegría aflore más sobre la piel de la rutina pues, por las características  de la edad, la novedad del aprendizaje gana siempre. Opiniones de maestros, padres y los propios estudiantes de las distintas enseñanzas lo confirman. Este curso los contenidos están fuertes, pero se sienten menos agobiados por la sistematicidad de las actividades colaterales que les despiertan motivaciones y los hacen sentir más cómodos.

Y es que si bien las mochilas siguen tan llenas de libros e igual de “pesaditas”, también reciben mejor atención de los instructores de arte, los profesores de deporte, de computación, los guías de Pioneros y hay más creatividad y espacio para los encuentros culturales, el acercamiento grupal, la recreación y las iniciativas que en años anteriores.

Cuando me detuve a mirar desde el portón varios centros lo respiré y dejé, escuela adentro, que la cámara se encargara de “apuntar” lo suyo. El día escolar en la mochila no está mal, y apuesto que anda con las mismas certezas de felicidad por el resto del archipiélago, porque tal como el sol sale para todos a nadie se le quita su derecho legítimo: ser instruidos y educados por su bien y el de la nación.