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Por Graciela Guerrero Garay

Algunos dicen que nació con una, pero quienes le vieron su sonrisa franca, su desprendimiento, la valentía para defender a los más pequeños de las injusticias de los mayores, desde las aulas escolares, prefieren decir que era una estrella. El 6 de febrero de 1932 el mundo y Cuba se alumbró con ella. Le llamaron Camilo.

Quizás ese día en la habanera barriada de Lawton nadie imaginó cuán fuerte eran su luz y su poder. O quizás tampoco pudieron predecir el coraje y la sencillez, llena de gracia, que la inmortalizaría y distinguiera como el Comandante más querido de la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista.

Camilo Cienfuegos Gorriarán, el Señor de la Vanguardia, el amigo inseparable del Che, el Héroe de Yaguajay. El valiente luchador de amplía sonrisa…humano, desprendido, compañero, hecho de pueblo y manos francas. Quizás, también, ahí esté el secreto del porqué fue a unirse con el mar y las flores, al vaivén de las olas, sean como él, jaraneras eternas de lo bello y de lo impredecible.

Su historia no puedo aprisionarla en unas líneas, como tampoco la tierra quiso guardarlo para sí. Era eso… una estrella, que apenas pudo dejar una estela de pasos brillantes en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro, donde matriculó a los 17 años y tuvo que abandonar poco después por problemas económicos. Su destino estaba allá, en lo alto de las lomas y las serranías, en la indómita Sierra Maestra.

Era así, revolucionario sin fronteras. Entonces se fue a México para unirse a Fidel y volver en el Yate Granma… y escribió aquellas letras a un amigo: “esos que luchan, no importa dónde, son nuestros hermanos”. Las montañas lo esperaron y la estrella que fue, sigue siendo. Y este viernes, 83 años después, yo no lo dudo, anda de luz nueva y de guiños, con el sombrero y el fusil, entre la gente…porque Camilo siempre será CAMILO.