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Texto y Fotos Graciela Guerrero Garay

Muy pocos olvidamos a esos seres especiales que enseñan los primeros trazos y hacen olvidar, con tesón diario, que contamos con los dedos los caramelos, los lápices de colores o las pesetas que nos regaló el abuelo.

Es una bella historia cuyo clímax llega con los años, y nos devuelve sus rostros entre los cientos de seres con los cuales compartimos los espacios cotidianos o profesionales y ellos, un tanto desconcertados, corresponden al afecto y tratan de discernir en nuestras canas, arrugas o gestos a esos niños que ayudaron a crecer.

Vuelve el tiempo, los recuerdos, las anécdotas…. Ahí puede empezar la entrevista o la noticia que hoy merecen estas líneas. Son tantos, que prefiero regalarles sus amores de diciembre con un abrazo- símbolo, donde sus nombres… Ramona, Elina, Juan, Alberto, Néstor, Yisel, Yolanda, Raúl, Melva… los maestros tuneros, sientan el regreso de esas aguas puras, sanas e imprescindibles con que regaron todas las generaciones de cubanos en esta provincia.

Un cariño de pueblo, ganado cada curso escolar con paciencia y un sacrificio enorme, sin importar el fango del camino, la lejanía de la escuela, monte adentro, o el ruido de la ciudad. O sin contar las veces que les hicimos perder la calma, rompimos el papel de la libreta a golpe de borrones o nos comimos la goma del lápiz. Ellos, como si nada, tomándonos las manos para mejorar la caligrafía y diciéndonos reiterativamente cómo teníamos que ser.

Decidí no personalizar estas letras, porque más que hazañas personales, medallas, antigüedad  y misiones, con derroteros propios,  los maestros – tuyos, nuestros, de todos – son esos mensajeros eternos que no mueren con los pases de grados ni el curso escolar y quienes no se esmeran durante una jornada de homenaje o las evaluaciones, sino que viven para cultivar rosas en cualquier estación y son tan esenciales como el aire…  

Quizás, justo por eso, hayan sido premiados con la sacrosanta palabra: MAESTRO.