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El único autógrafo digno de un hombre es el que deja escrito con sus obras

José Martí

Por Graciela Guerrero Garay    Foto: De la Autora

Siempre anda de prisa, como si el tiempo fuera el principal reto de su vida. Nada de santo viste cuando le pasa una chica bonita delante de los ojos y le regala un piropo de aquellos que marcaron la elegancia de una época y hoy se desdibujan entre la vulgaridad de ciertos vocablos “modernos”.  No es un buscavida, puede ser un franco tirador de oficios.

A lo mejor por eso le llaman “brujo”.  Lo buscan para cualquier cosa y jamás se niega. “Si no estoy muy práctico, busco un ayudante experimentado”, dice. La plomería es su fuerte y es un verdadero rastreador de hierros viejos, nuevos o fabricados con el ingenio de su testa, “lo importante es poderle resolver el problema a la gente, y no siempre hay en las tiendas lo que necesito”, contesta y da la impresión que saldrá corriendo.

Humberto Estrada es popular a su manera. Con 70 y más en el almanaque de la piel parece no pensar que los huesos duelen con los años. Le monta a la columna vertebral desde un tablón hasta un tubo de cinco metros de largo y  pulgada y media de ancho, sin titubear echarse al hombro un lavabo o el herraje de una instalación hidráulica.

“Ser anciano no significa sentarse a morir en un rincón. Nací para trabajar y cuando me jubilé de custodio me contraté y así ando. Me gusta ayudar a las personas y siempre lo hago. Además, si me enfermo no es problema. Ahí mismo, al ladito del edificio, tengo a la doctora y el Consultorio, pero estoy como un cañón”, y la picardía le salta de sus pupilas miel-verdosas.

El estado anímico de Estrada no difiere en casi nada del resto de los ancianos o adultos mayores que conviven con él esta geografía del llamado Balcón del Oriente, donde el grado de envejecimiento es del 17,2 por ciento y hay una esperanza de vida al nacer de 79 años, hecho que bien es un reto local y una urgencia nacional por los indicadores demográficos de Cuba, no resulta un caos para quienes celebran muchos cumpleaños, pues desde el empleo por cuenta propia, la reincorporación laboral, la libre contratación, pensiones y subsidios son puertas abiertas a la vida que tienen y pueden alcanzar.

Y lo más lindo y humano puede estar –de hecho está- en que ellos valoran muy hondo las bondades sociales que reciben y personalizan, con sano agradecimiento, a esos médicos y enfermeras que día a día abren las puertas de los Consultorios en los barrios y le toman la presión, les activan sus tarjetones de medicamentos controlados, atienden sus dolencias imprevistas, les recetan y los despiden con “un cuídese mi viejo, haga el tratamiento y verá”.

Por eso esta vez me equivoqué con la prisa que traía Estrada. No iba a realizar ningún trabajito de plomería. Iba a buscar unas rosas de injerto para sembrarlas y regalarlas a su médico de la familia el 3 de diciembre, Día de la Medicina Latinoamericana.

“Sí, periodista, hoy tengo el día para buscar algunas cosas para mi doctora y la enfermera. No se puede dejar todo para última hora. ¡Y las quiero sorprender con lo más lindo que se da a una mujer, flores! Ellas son flores. Vaya por la noche a tomarme la foto a la casa, ahora ya usted sabe…”

Salió disparado como siempre… porque a este meloso tunero no se le puede decir viejo. Él sí canta y como frutas.